La inflación que mide el INEGI y la que siente su bolsillo
Ayer, el INEGI informó que la inflación de septiembre fue de 3.45 por ciento anual, por arriba del 3.26 por ciento de agosto y del 3.12 por ciento de julio.
Fue el segundo mes consecutivo de aceleración, aunque el dato permanece dentro del rango de variabilidad del Banco de México y por debajo del 3.76 por ciento de septiembre de 2025, un año atrás.
Pero haga usted la prueba: pregunte en el mercado, en la gasolinera o en la sobremesa familiar cuánto han subido los precios, y la respuesta será casi unánime: mucho más que eso. ¿Quién tiene razón, el INEGI o quien hace las compras? Aunque parezca extraño, ambos.
Y el dato de septiembre es un caso de laboratorio para explicarlo.
El repunte, además, no vino del componente subyacente, que marca la tendencia y bajó de 3.88 a 3.75 por ciento anual, sino del no subyacente, donde viven los agropecuarios.
Comencemos por una paradoja.
La canasta de consumo mínimo, que calcula el propio INEGI con los bienes y servicios básicos, subió 3.29 por ciento anual, por debajo de la inflación general.
Y conforme a las estimaciones de México, ¿cómo vamos?, el índice de precios de los alimentos avanzó 2.81 por ciento.
Visto en frío, septiembre no castigó a la mesa más que al resto de la economía.
Sin embargo, lo que empujó la inflación del mes fueron precisamente los productos más visibles de la compra semanal.
El jitomate, la cebolla y el gas LP encabezaron las alzas; el limón acumula un incremento anual de 25 por ciento; las frutas y verduras, en conjunto, se encarecieron 8.78 por ciento anual, más del doble que en agosto.
En sentido contrario, los productos pecuarios bajaron 4.46 por ciento en el año.
Pero dígame: ¿quién le pone atanción a las bajas? Ahí está la primera clave: el sesgo de frecuencia.
Diversos estudios experimentales han mostrado que la percepción de la inflación se inclina sistemáticamente hacia los bienes que se compran más seguido.
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