Cuando la rigidez aprieta y la flexibilidad afloja: el arte de decidir bien
Las hay con exceso de rigidez.
Existen con extrema flexibilidad.
Y casi nunca son monolíticas.
Para bien y para mal, las empresas pueden ser rígidas en ciertas cosas y flexibles en otras.
Procesos instituidos, políticas que nutren la actuación colectiva o criterios de actuación gerencial se ven como estabilizadores de una compañía que requiere consistencia y confiabilidad.
Al mismo tiempo, sea por intereses comprensibles o por presiones externas, fuerzas de toda índole apelarán a la maleabilidad circunstancial.
Si impera la flexibilidad, el caos se asoma más temprano que tarde.
Cuando se impone la rigidez, mucho se empieza a detener o entorpecer a costa de los intereses de las áreas de organización.
Y para que no se pierda el interés del conjunto, alguien con algo de autoridad y mucha sensatez debe definir ‘qué tanto es tantito’ para beneficio del negocio. ¿Cómo afinar el discernimiento en aquellos que deben distinguir y decidir entre la disciplina de método y la elasticidad de criterio? Aquí tres puntos para la reflexión: 1) Nunca es el método por el método mismo.- Cada elemento de un proceso dentro de la empresa suele partir de un valor procedimental que, a su vez, se nutre de una expectativa en dos elementos: consistencia de juicio y capacidad de respuesta.
Y en su diseño, operación y revisión, alguien va afinando componentes y resultados con claridad en la jerarquía de los entregables.
Pero nadie debe defender el método en sí mismo, sino el hábito de construir valor de conjunto con los actos individuales que le dan forma a un engranaje productivo.
2) Lo que se ve fácil afuera, no siempre es simple adentro.- Cualquier responsable de un área del negocio sabe que hay decisiones muy favorables para el cliente, pero altamente complejas o costosas para la operación.
Y una buena explicación puede llenar vacíos de entendimiento.
Pero no seamos ingenuos.
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