¿Y la soberanía energética?
La reciente reducción temporal de 20% en el suministro de gas natural de Texas a México, por trabajos de mantenimiento y problemas operativos en la infraestructura del estado sureño, encendió una alerta.
Las declaraciones del director de Cenagas (Centro Nacional de Control de Gas Natural), Cuitláhuac García, en el sentido de que México no dispone de capacidad de almacenamiento, y de que “con varias estrategias… podríamos tener gas hasta tres días si hubiera un corte”, exhiben una vulnerabilidad estratégica desatendida durante lustros.
El episodio revela una interesante paradoja: mientras nuestras autoridades han convertido la soberanía en una bandera política, han permitido que se profundice una dependencia energética estructural, sin construir los mecanismos necesarios para enfrentar una interrupción del suministro.
Además, el problema va más allá del sector energético.
Está en juego la seguridad económica de México y, por extensión, la de América del Norte.
Las cifras no dejan espacio a dudas.
México importa de Estados Unidos aproximadamente seis mil 800 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, equivalentes a cerca de tres cuartas partes de nuestro consumo.
Más de la mitad de la electricidad mexicana se genera utilizando este combustible, indispensable también para nuestras industrias automotriz, siderúrgica, química y manufacturera.
Además, alrededor de 90% del gas estadounidense que ingresa por gasoducto a México cruza por corredores de Texas.
Nuestra exposición es elevada y está concentrada geográficamente.
Ahora bien, esta integración nos ha generado importantes beneficios.
El gas estadounidense, abundante y relativamente barato gracias a la revolución del shale, ha permitido reducir costos, atraer inversiones y elevar nuestra competitividad industrial.
México disfruta de una ventaja excepcional: acceso terrestre a uno de los mayores centros productores de gas del mundo.
Sería absurdo renunciar a ella en nombre de una autosuficiencia energética costosa e innecesaria.
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