La naturaleza también es infraestructura
Nuestro cerebro suele mostrarnos imágenes de carreteras, puertos, presas, redes eléctricas o sistemas de agua, cuando escuchamos o leemos la palabra infraestructura.
Rara vez nos conduce por un sendero en el más denso bosque, o por la trama de raíces y ramas de un manglar, un generoso suelo fértil o una abundante cuenca hidrográfica.
Sin embargo, todos ellos realizan funciones esenciales para nuestras economías y comunidades.
Y lo hacen sin cobrar una factura.
La naturaleza produce agua, alimentos y materias primas; captura carbono, regula temperaturas, protege costas, retiene agua de lluvia, evita la erosión y sostiene la fertilidad de los suelos.
Son servicios indispensables para nuestra vida y para prácticamente cualquier actividad económica.
Por eso, cuando un ecosistema se degrada, no estamos perdiendo solamente biodiversidad.
Estamos deteriorando infraestructura.
Ayer concluyó en Ulaanbaatar, Mongolia, la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, precisamente bajo el lema “Restaurar la tierra.
Restaurar la esperanza”.
El encuentro ha puesto sobre la mesa una realidad que deberíamos mirar con mucha mayor atención: hasta 40% de las tierras del planeta están degradadas, con consecuencias sobre la producción de alimentos, el agua, los medios de vida y la estabilidad económica.
La respuesta a esta realidad no puede limitarse a conservar lo que todavía tenemos.
Necesitamos restaurar aquello que hemos deteriorado.
Aquí descubrimos una perspectiva particularmente novedosa: restaurar la naturaleza no debe verse solamente como una obligación ambiental, sino como una inversión productiva.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.elfinanciero.com.mx — el contenido pertenece a El Financiero.