Hace casi 50 años se necesitaban 23,500 animales para producir una libra de insulina. Un mexicano ayudó a encontrar otra solución
Durante décadas, fabricar insulina significó utilizar miles de páncreas de animales.
A finales de los años 70, un científico mexicano ayudó a cambiar esa historia: desarrolló, junto con otros investigadores, un pequeño círculo de ADN que podía utilizarse como vehículo para introducir genes en bacterias .
Su nombre era Francisco Gonzalo Bolívar Zapata y aquella molécula se llamó pBR322 .
El plásmido no era una fábrica de insulina ni fue creado específicamente para producirla, pero se convirtió en una herramienta para transportar y mantener fragmentos de ADN dentro de bacterias.
Poco después, los investigadores utilizaron ese mismo tipo de tecnología para producir proteínas humanas y, en 1979, para clonar en E. coli los genes sintéticos de las cadenas A y B de la insulina.
La historia es bastante más grande que la de un mexicano que “inventó la insulina”.
Bolívar formó parte de una cadena de investigadores que ayudaron a construir las herramientas de la ingeniería genética que hicieron posible programar bacterias para fabricar proteínas humanas y una de esas proteínas terminó siendo una de las más importantes para tratar la diabetes . {"videoId":"xatouru","autoplay":true,"title":"TECNO creó el verdadero celular sin marcos", "tag":"TECNO", "duration":"20"} Antes había que sacar la insulina de los animales Cuando la insulina comenzó a utilizarse como tratamiento en los años 20, no existía una manera de fabricarla mediante bacterias y la hormona tenía que obtenerse de los páncreas de animales, principalmente vacas y cerdos.
El proceso funcionaba, pero tenía un problema bastante evidente: hacía falta una enorme cantidad de materia prima animal.
La FDA señala que para 1981 producir una libra de insulina requería alrededor de 8,000 libras de glándulas procedentes de 23,500 animales.
Esa cantidad apenas alcanzaba para tratar a unos 750 pacientes con diabetes durante un año.
Además, la disponibilidad de los órganos y el precio de la carne afectaban directamente el suministro y el costo de la hormona.
La situación hacía que una pregunta cobrara cada vez más importancia: ¿y si la insulina pudiera fabricarse de otra manera? La respuesta comenzó a aparecer en un lugar que, a primera vista, tenía poco que ver con la diabetes.
El problema era conseguir que una bacteria siguiera nuevas instrucciones A mediados de los años 70, la ingeniería genética todavía estaba dando sus primeros pasos.
Los científicos ya habían comenzado a descubrir que podían cortar, unir y modificar fragmentos de ADN , pero todavía quedaba un problema fundamental: cómo introducir esas instrucciones dentro de una célula y conseguir que se mantuvieran ahí.
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