Primero los pobres... ¿y las clases medias?
Las lecciones que deja la elección presidencial en Brasil al gobierno de México son de tomar muy en cuenta.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva tiene pocas posibilidades de salir triunfante en la segunda vuelta frente al abogado de mala reputación y ultraderechista, Flávio Bolsonaro.
Para que el presidente ganara la primera vuelta no fue suficiente que su gobierno llegara a las elecciones con mejoras sociales de los sectores más pobres, ni que el empleo está creciendo, los salarios reales también y la desigualdad esté disminuyendo.
No obstante esos resultados, el gobierno de Lula aparece como probable perdedor porque, aunque conserva el apoyo popular, ha perdido millones de votantes entre las clases medias.
La caída electoral de Lula fue particularmente fuerte en São Paulo, Minas Gerais, Paraná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul, regiones donde tienen mucho peso las clases medias urbanas, es decir, pequeños y medianos empresarios, trabajadores formales, grupos que son menos dependientes de los programas y transferencias sociales.
No es que los pobres hayan dejado de votar por Lula, sino que la reducción de la pobreza no garantiza el voto de las clases medias que no claman por protección o subsidios, sino por poder creer que pueden prosperar.
La clase media toma muy en cuenta sus expectativas de futuro al votar.
Sheinbaum puede encontrarse con el mismo problema que Lula; al lema “por el bien de todos, primero los pobres” le falta otro que haga sentir a las clases medias que se beneficiarán, no como consecuencia del mejoramiento de vida de los pobres —porque a todos nos conviene—, lo cual es cierto, sino por la reanudación de una movilidad social entre las propias clases medias que se cerró hace medio siglo en México.
Quienes viven en la pobreza quieren y necesitan transferencias y subsidios, pero quienes se mueven entre las clases medias quieren progresar, prosperar en todos los sentidos, quieren escalar, hacerse de un patrimonio, tener coche, vacacionar, que sus hijos tengan mejores capacidades para emplearse y logren mayor bienestar.
La 4T ha mejorado ingresos laborales y transferido recursos a los sectores más pobres, pero todavía no ofrece una narrativa convincente de movilidad en ascenso para las clases medias.
Tanto en el caso brasileño como en el mexicano, el problema es cómo un gobierno socialmente responsable puede ofrecer, simultáneamente, programas redistributivos y una expectativa convincente de movilidad social, de seguridad y prosperidad para las clases medias.
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