“Pare de sufrir”. Del trabajador al consumidor, de la incertidumbre a la obediencia. Religión, mercado y cultura de la delegación
Comprender los resultados electorales en Brasil exige algo más que contar votos, identificar ganadores y perdedores o atribuir el comportamiento de los electores a sus vínculos laborales, sus ingresos, su escolaridad o sus creencias religiosas, aunque todo esto (y más) juega en el escenario.
Hace falta una mirada capaz de relacionar procesos que, examinados por separado, parecieran responder a lógicas diferentes: las transformaciones del trabajo, la expansión del consumo, la pérdida de referentes colectivos, el crecimiento de las iglesias evangélicas, los cambios en la vida familiar y la concentración de los medios de comunicación.
El problema no pasa, perdón, no solamente pasa, por ponderar cuál de estos factores explica por sí solo el voto, sino cómo se articulan y qué revelan sobre una sociedad que cambia aceleradamente mientras busca refugio en valores y autoridades tradicionales.
Mi querido colega Jorge Joel Reyes (Un mismo idioma: cómo la biología, la música y la computación aprendieron a leerse entre sí.
Del pensamiento sistémico del siglo XX a la inteligencia artificial: cuando una metáfora comenzó a convertirse en tecnología, El Universal 08/10/26) recuerda que conocer las partes de un fenómeno no basta para explicar el comportamiento del conjunto.
La Teoría General de Sistemas de Ludwig von Bertalanffy no proponía abandonar el análisis pormenorizado, sino complementarlo con el estudio de las relaciones.
Esa advertencia resulta pertinente para Brasil: ni el voto evangélico, ni la transformación del trabajo, ni las decisiones familiares, ni la conducta de los consumidores explican por sí solos los resultados electorales.
Es necesario reconstruir las conexiones entre ellos, sin convertir una correlación en causa automática.
Una primera consideración es el tránsito del hombre trabajador al hombre consumidor.
No significa que el trabajo haya desaparecido ni que el salario haya dejado de importar.
Significa que el trabajo ha perdido parte de su capacidad histórica para organizar identidades, solidaridades y expectativas compartidas, mientras el consumo se consolida como medida del bienestar, signo de reconocimiento y horizonte de realización individual.
Álvaro García Linera ha señalado una debilidad de los gobiernos progresistas latinoamericanos: consiguieron ampliar la capacidad adquisitiva de sectores populares , pero no necesariamente formar ciudadanos con conciencia de clase.
La observación no disminuye la importancia de las políticas redistributivas ni de la reducción de la pobreza; obliga, más bien, a reconocer que mejorar las condiciones materiales no produce automáticamente politización ni adhesión duradera al proyecto que hizo posible esa mejora.
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