Dos formas de leer, por Christopher Domínguez Michael
Hace algunos domingos conversaba en San Telmo con Alejandro Katz sobre el cariz apostólico propio de los cruzados por la causa de la lectura .
Lectores impenitentes no pocos de ellos parten de un prejuicio tan popular como escasamente atendido por el público distraído: el de que la lectura hace mujeres sabias y varones ejemplares, despertando, por ejemplo, la inteligencia desde la edad temprana.
Y aún cuando es una elección tardía puede alegrar una vejez: he contado, en alguna ocasión, que mi tío Juan, trailero de profesión, quedando disminuido por un derrame que lo dejó inmóvil pero en plena posesión de sus sentidos, empezó a leer a sus setenta años y leyó con provecho En busca del tiempo perdido .
Pero ese optimismo , decíamos Alejandro y yo, tiene, como todo, su lado oscuro: la interpretación de las Sagradas Escrituras arrojó miles y miles de muertos a causa de sutilezas y quimeras.
Cuando la Reforma azuzó a sus parroquianos a leer directamente la Biblia , sin la intermediación de los sacerdotes adscritos –decían– a Babilonia, las guerras de religión entre protestantes y católicos ensangrentaron Europa.
Para no hablar del Corán y de las matanzas de millones provocadas por sus cismas y por sus herejías.
Sociedades muy letradas –la alemana en 1933 o la argentina en 1976– se entregaron a la contienda civil sin piedad ni contemplaciones.
Se dirá que aquellas eran lecturas fanatizadas ajenas al buen lector usualmente disfrutando bajo la sombra de un árbol con un libro impreso o un Kindle en la mano, pero me temo que a toda lectura –al igual que a casi cualquier persona– la acecha el fanatismo.
Quienes nos quemamos las cejas con la patrística marxista asumíamos que –idealmente– a la teoría la seguiría la praxis, y con ella, la Revolución y por qué no, alguna Revolución cultural o potente hegemonía.
Leíamos –parafraseando a Octavio Paz – sin inocencia.
Leer acarrea todas las consecuencias de lo humano: Mark David Chapman , asesino de John Lennon en 1980, manchó de sangre la reputación de su novela favorita, la enternecedora y desde entonces sospechosa obra de J.D.
Salinger , El guardián entre el centeno .
Pero una parte de quien acaba de escribir la página anterior –yo mismo– sigue creyendo que leer es, también, gran cosa, heroísmo , signo de distinción , afán civilizatorio , etc.
De lo contrario, sería improbable que haya sido editor, escritor, crítico y, sobre todo, lector, y de ello me volví a dar cuenta apenas crucé de nuevo la cordillera y conocí en las faldas del Cerro San Cristóbal, otro domingo, a Soledad Bianchi (Antofagasta, 1948), crítica literaria quien me obsequió con Entre puntos de lectura.
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