Poder suave, realidades duras
Ya ha transcurrido un mes desde que la selección de España se coronó campeona del Mundial de futbol, y con ello se ha venido asentando lo suficiente el debate que en distintos frentes ha generado el torneo.
Los saldos que deja son muchos y muy diversos.
Hoy me aboco a uno de ellos en particular, el de las lecturas, narrativas y percepciones internacionales y la capacidad de atracción de las naciones -el llamado ‘poder suave’- y para ello contrasto las experiencias y lecciones que deja para dos de los participantes latinoamericanos en el torneo: una de las naciones sede del Mundial, México, y uno de los finalistas, Argentina.
En febrero, cuando Brand Finance publicó, como cada año, su Índice Global de Poder Suave, Argentina alcanzó su mejor posición histórica, lugar 37 entre las 50 primeras naciones, con un salto de cinco escalones con respecto al año anterior.
México quedó siete lugares más abajo, en el lugar 44 (estancado en esa posición desde 2022).
Seis meses y un Mundial después, esas trayectorias parecerían haberse cruzado, caminando en direcciones opuestas.
En esa divergencia hay una lección de diplomacia pública que por razones y con aristas distintas, a ambas naciones les urge procesar y aprender.
Empecemos por el país del cono sur del continente.
Camino al torneo este verano, el poder suave argentino era relativamente positivo pero descansaba particularmente sobre un activo excepcional: Lionel Messi.
Durante una década, el efecto halo del mejor futbolista del mundo funcionó en muchos sentidos como una especie de seguro reputacional.
Pero la final del 19 de julio en el estadio de Nueva Jersey reventó ese blindaje.
La derrota justa ante España y las lágrimas de Messi quedaron sepultadas bajo los empellones y golpes argentinos a jugadores españoles, la espalda que el equipo albiceleste le brindó a la selección vencedora y a la ceremonia misma de premiación y el expediente disciplinario que abrió la FIFA.
Y con todo ello surgió lo que parecía una ola enorme y persistente de reproche y tirria generalizadas contra la nación.
Aficionados de selecciones rivales, celebridades de todo tipo y un órdago de usuarios de redes sociales dirigieron su desprecio no solo hacia el equipo argentino, sino hacia el país en su conjunto, transformando a los célebres campeones del Mundial de 2022 en los villanos de 2026.
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