El valor de la música reside en su capacidad de emocionar
La historia de Carlos García en la industria musical no comenzó en una oficina corporativa ni en un estudio de grabación profesional; empezó en las noches de su adolescencia en la Ciudad de México, una etapa divertida y luminosa que compartía con su hermano mayor.
Esos años pasaron entre la música, el arte y una atmósfera familiar de complicidad que contrastaba con la dureza del mundo exterior.
Con su madre y hermano, García pasaba las horas tendido bocarriba sobre la cama, hojeando con entusiasmo hasta los créditos de los discos compactos, escudriñando nombres de productores, músicos de sesión e ingenieros de sonido y a todos los que daban vida a cada álbum.
Desde entonces, fascinado por lo que ocurría detrás de las canciones, jugaba a ser director artístico, imprimiendo portadas artesanales y armando maquetas caseras con una dedicación casi obsesiva.
Carlos García cultivó esa vocación sin prisa y sin ambición, y terminó por trazar el rumbo de una trayectoria de más de dos décadas en el corazón del negocio de la música.
Cursó la licenciatura en Comunicación en la universidad que quedaba más cerca de su casa, después de desechar un supuesto futuro como estudiante de derecho.
Pero su verdadera escuela fue la trastienda de la industria fonográfica.
A principios de los años 2000, se presentó en las oficinas de Sony Music para tocar las puertas del departamento artístico.
Ante la negativa inicial de contratación, aceptó una propuesta insólita: asistir diariamente durante un año a las reuniones de artistas y repertorio en calidad de oyente, sin sueldo ni más herramientas que un cuaderno de notas y una gran curiosidad.
Por la noche, sistematizaba lo aprendido sobre la selección de repertorio, la contratación de fotógrafos, cineastas y realizadores, para luego entregar sus apuntes al director artístico de la compañía.
Aquel año de disciplina acabó con su admisión formal como pasante, con un salario modesto y un teléfono móvil.
Desde ese momento, su labor consistió en transitar por todos los rincones posibles del medio, desde la impresión de carteles para camerinos en auditorios hasta la inmersión en circuitos bohemios y conciertos subterráneos de géneros diversos.
Lejos de poseer prejuicios estéticos o elitismos sonoros, su sensibilidad se nutrió tanto de la sofisticación del jazz contemporáneo y el R&B como de las fiestas familiares marcadas por las raíces norteñas de sus padres y la convivencia con sus tías y primos.
Eso le permitió comprender que el papel de un director artístico no consiste en erigirse como la megamente detrás del creador, sino en proveer los recursos y la contención emocional para que los talentos alcancen su máxima expresión.
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