Amnesia y ornato: la muerte de la biblioteca universitaria
Tengo la ligera impresión de que las bibliotecas terminaron por convertirse en escenografías .
Piense, por ejemplo, en el reputado analista cuando se enlaza desde su estudio al noticiero donde revelará las verdades ocultas del acontecer nacional.
Detrás de él se levanta una flamante estantería plagada de libros.
Lo mismo pasa con las modestas conexiones por zoom a una junta de trabajo.
Si en casa no hay libreros, se puede poner uno digitalmente para no dar de qué hablar.
La biblioteca fetiche engalana viviendas, bufetes jurídicos, consultorios médicos y restaurantes.
Se trata de un adorno consignatario, declaratorio: si en una casa hay libros , sus habitantes están muy lejos de ser idiotas; son gente de mundo, ilustrada y con dinero de sobra.
Los libros hablan de la inteligencia y bonanza de su tenedor.
Una casa con libros es una casa pudiente y culta.
Precisamente, la biblioteca ornamental privada se originó en la transformación del libro en mecanismo de presunción .
El libro fetiche no se lee: se ostenta.
Y se ostenta porque envía un elocuente mensaje: quien me posee es mejor que tú.
El visitante de esos hogares queda pasmado ante los muros cubiertos de libros. «Pásate», indica el anfitrión. «Mira», le dice, «mi humilde biblioteca».
Su azoro es comparable al de Cristóbal Colón al ver tierra.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.eluniversal.com.mx — el contenido pertenece a El Universal.