Sheinbaum, fuera de su zona de confort
Él le propuso matrimonio, y ella aceptó al punto.
En esa época el hombre se casaba cuando quería, y la mujer cuando podía.
“No te pido nada para mí, Señor –había rezado devotamente ella–, pero mándale un yerno a mi mamá”.
La boda se efectuó en Guadalajara, pues ahí vivían ambos, pero inmediatamente después del casamiento emprendieron el viaje a Colima, porque de esa ciudad era ella.
Iban en cochecito de caballos guiado por el novio.
Tan pronto salieron de la ciudad y se vieron en paraje solitario, él mostró urentes deseos de consumar ahí mismo el matrimonio.
Ella lo contuvo, pudorosa.
Le dijo: “Espera a que lleguemos a Colima”.
Preguntó el galán, ansioso: “¿Cómo sabré que ya estamos en Colima?”.
Contestó la desposada: “Cuando veas palmeras con cocos, ahí es Colima”.
Siguieron el viaje.
Una y otra vez él requería a su dulcinea, y una y otra vez la púdica muchacha lo contenía: “Espera a que lleguemos a Colima.
Espera a que veamos cocos”.
Llegó la hora de comer.
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