Cárcel, nieve y resiliencia
A los 21 años, Andrea Velázquez conoció la cárcel de Guayaquil, Ecuador, a donde fue remitida por ‘uso doloso de documento público’.
Llamó a su casa en Colombia.
“Dígale a mi mamá que me metieron presa”, dijo, y colgó.
Su madre movió cielo, mar y tierra.
Andrea llevaba días encerrada cuando la vio entrar.
“Fue una cosa de novela.
Yo lloraba como una loca, le decía: ‘Mamá, sáqueme de aquí’.
A 20 días de su encarcelamiento, un juez declaró que había sido víctima de una red de tráfico y ordenó su liberación.
Andrea regresó a Colombia con la sospecha de que el mundo exterior era un territorio hostil.
Su intento de salir de Colombia rumbo a Amsterdam, donde vivía una tía, fracasó.
Como muchos, ella confío en una gestora que le recomendaron.
Sin que lo supiera, obtuvo su visa a través de un funcionario que había sido despedido por autorizarlas indiscriminadamente.
“Por una década tuve miedo de intentar salir al extranjero”.
Hasta que volvió a intentarlo.
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