No se vislumbra un nuevo orden mundial
Por Jeremy Adelman, Project Syndicate.
CAMBRIDGE- Esta semana, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibirá a su homólogo chino, el presidente Xi Jinping, en la Casa Blanca, y otros líderes mundiales se reunirán con motivo de la 81 sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
En ambos casos, la cobertura mediática y los comentarios de los expertos que la acompañan retratarán lo que muchos consideran un mundo que se precipita del orden al desorden. ¿Pero es correcta esta narrativa? Las guerras comerciales y los conflictos bélicos reales pueden parecer un presagio de una nueva era de desorden y caos internacional, pero no es que el mundo fuera estable antes de la primera presidencia de Trump, del Brexit y de la invasión rusa de Ucrania.
De hecho, incluso los liberales bienintencionados cometieron su propia cuota de atrocidades irreflexivas y provocaron gran agitación.
De manera que no nos dejemos llevar por la nostalgia por el “orden” internacional liberal simplemente porque los populistas se regodeen ante su ocaso.
Lo que necesitamos es una narrativa que no trace una línea tan marcada entre un orden internacional liberal en descomposición y su sucesor posliberal, y que allane el camino para abordar lo que realmente está en juego.
Una narrativa alternativa podría comenzar con una descripción diferente del sistema que, según nos dicen, se está desmoronando.
En lugar de calificarlo de orden internacional liberal (a pesar de que a menudo resulta iliberal y caótico), sería más acertado describir la era posterior a 1945 como una época en la que se buscaron bienes comunes mediante acuerdos que presentaban características tanto liberales como no liberales.
Inicialmente, el bien común de mayor prioridad era evitar la Tercera Guerra Mundial.
Sin embargo, con el paso del tiempo, las instituciones internacionales evolucionaron para abordar también bienes económicos, científicos, culturales y otros bienes compartidos .
El sistema de bienes comunes pretendía absorber y distribuir los costos y los riesgos derivados de un mundo interdependiente, de modo que los países no se disputaran quién pagaba la cuenta.
Un entramado de tratados y mecanismos de supervisión tenía como objetivo prevenir los conflictos, reducir los daños y distribuir el riesgo, facilitando así un mayor comercio, un intercambio cultural más amplio, una mejor salud y una integración más estrecha.
Este sistema ha sido más eficaz de lo que a los críticos de la derecha les gusta admitir.
Incluso los poderosos dependen de él, porque hacerlo redunda en su propio interés.
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