Delcy en Roma: Turismo de mentiras, por Soledad Morillo Belloso
Cuando la señora Delcy se enfunda el disfraz de diplomática y sube al podio de la FAO —o de cualquier mausoleo internacional donde la burocracia se pasea con perfume caro y alfombras que amortiguan conciencias—, el libreto es tan predecible como una mala telenovela.
Y claro que la reciben con sonrisas de vitrina y aplausos de utilería: el director del organismo, un señor de modales acolchados y currículo de museo, viene de Hunan, la misma provincia donde Mao aprendió a convertir el poder en dogma.
No podía ser más simbólico.
Ante semejante anfitrión, la delegación venezolana despliega su opereta favorita: estadísticas de cartón, promesas de prosperidad dibujadas en anime y un catálogo de disparates que haría sonrojar a cualquier embustero profesional.
Desde este rincón castigado del mapa, donde el venezolano común hace acrobacias para parar la olla (*), la escena provoca una mezcla de risa amarga y náusea.
En su cocina, frente a una hornilla que apenas respira, Casilda masculla: “Que la misia se venga pa’ acá, pa’ enseñarle cómo se bate el cobre de verdad”.
Pero no nos engañemos.
El peligro no está en la sarta de mentiras que la señora escupe con gesto de prócer.
Mentir desde un podio es la ocupación más vieja de los palacios.
La tragedia verdadera es la platea: esa audiencia que escucha con cara de póquer, toma notas serviles y aplaude como si la estafa fuera una virtud diplomática.
Y ese director —emisario práctico de la corte de Xi Jinping— que reparte sonrisas y carantoñas para congraciarse con el régimen venezolano y, de paso, sacarle la piedra al catire del norte.
La jugada se huele desde lejos.
El papel lo aguanta todo.
El micrófono también.
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