La hora de los costos, por @ArmandoMartini
El régimen trabaja con método, paciencia, embuste y simulación en darle sustentabilidad a su continuidad.
Todo poder que sobrevive a la ilegitimidad aprende el oficio de administrar la apariencia del cambio para evitarlo.
Pero hay una verdad incómoda, la normalización.
Sin embargo, por hábil que se construya, no es sostenible por mucho tiempo y menos, en términos políticos.
Un Estado no puede gobernarse indefinido sobre presos, opresión, miedo y fraude electoral sin que el costo termine por desbordarlo, aún con la ayuda de colaboradores ambiciosos, sin talento, fracasados.
Y no lo es, sobre todo, en términos económicos, porque no resulta compatible con los intereses que el gobierno de Estados Unidos ha decidido auspiciar en el país.
Es la paradoja que define a Venezuela.
Washington necesita petróleo, minerales, oro, estabilidad y salida ordenada.
Miraflores tiempo, oxígeno financiero y reconocimiento de que puede seguir gobernando sin pagar el precio político de haberlo hecho como lo hizo.
Ambos intereses conviven, de momento, en una tensa cohabitación.
Pero lo hacen mal, porque descansan sobre supuestos que se contradicen entre sí.
No hay negocio que dure con un régimen cuya viabilidad está en cuánta traición y represión esté dispuesta a tolerar la Casa Blanca.
Esa es la variable que lo soporta, no los comunicados de buena voluntad e intenciones, ni las fotografías sonrientes de negociadores estrechándose la mano.
Por eso hay que decirlo sin rodeos ni guabineo, más allá de lo que deseen, adentro y afuera de Venezuela, una transición democrática se impone como la única alternativa posible.
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