Javier Oropeza, perseguido por hacerlo bien, por Alexander Cambero
Este régimen se complace acariciando las hendiduras de la maldad como alimento para sus deleznables propósitos y condena de manera implacable a todo aquel que exhibe eficiencia y honestidad en sus responsabilidades.
Todo esto viene al caso por lo ocurrido con el legítimo alcalde del municipio Torres del estado Lara, Javier Oropeza.
Su gestión fue el encuentro de las mejores voluntades, devolviéndole a la entidad esa fuerza extraordinaria que la ha hecho una referencia indiscutible en Venezuela.
Una obra que fue trascendiendo con la eficacia de quien tiene muy claro el compromiso con una sociedad que se sintió representada por alguien comprometido con sus sueños, que comprendía que su trabajo estaba allí en la convocatoria de todos para buscar alcanzar un crecimiento cónsono que pudiera llevarle bienestar a cada ciudadano.
Ese propósito se logró de una manera indiscutible.
Sin mezquindades, avanzó y llevó su obra hasta el último rincón del municipio.
En su gestión no había cabida para la pequeñez; el espíritu y razón de su gobierno estaban en sembrar los cimientos de una visión moderna de hacer gestión.
El pueblo torrense se abrazó a su proyecto y convirtió a Javier Oropeza en el guía civil de su destino social.
Por supuesto, que el éxito de la misión incomodó al régimen que programó aniquilarlo políticamente hasta el punto de buscar emboscarlo con sus procesos judiciales amañados.
La frustración fue en aumento al tener conocimiento de los extraordinarios niveles de aprobación que cifraban el ochenta por ciento de aceptación, donde hasta los propios dirigentes oficialistas lo manifestaban con absoluta sinceridad.
Fue así como el régimen, ante una realidad indiscutible, optó por vulnerar la voluntad popular; asaltaron la Alcaldía y de paso sustrajeron sus propiedades en un acto de bandidaje muy propio de su esencia.
Se inventaron toda una trama para buscar imponer su narrativa, pero el ciudadano conocía de sobra que todo aquello era sencillamente una canallada, todo un ardid cabulero y melindroso de quienes subyacen en la ruindad.
La puesta en escena estaba lista para su presentación.
Javier Oropeza se vio obligado a huir para preservar el bienestar de su familia; desde lejos se enteró de cómo eran saqueadas sus propiedades como herencia de una procedencia honrada con una trayectoria lumínica en Torres como constructores de progreso.
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