El duelo equivocado y la reconstrucción de Venezuela
Hay una nueva especie de nostalgia circulando por Venezuela.
Es curiosa, porque no añora lo que tuvimos, sino algo que durante mucho tiempo fingimos tener: soberanía.
Venezuela llora hoy una soberanía que llevaba veintisiete años empeñada.
Un sector de su opinión pública se lamenta de la tutela de Estados Unidos como si fuera el primer despojo, no el último capítulo de uno: nadie de ese coro lloró cuando el país cedió porciones enteras de su soberanía a Cuba, Irán, China y el ELN.
La inteligencia militar y el aparato represivo llevaban dos décadas bajo tutela cubana antes de enero de 2026.
Los aeropuertos, las refinerías y el sistema de identificación ciudadana sirvieron a intereses iraníes con la complacencia, no la coacción, de Miraflores.
La deuda que hipotecó tres generaciones de renta petrolera la contrajo Pekín, cobrada por adelantado en barriles.
Y la cesión de facto de franjas de territorio a una guerrilla extranjera, el ELN, no tiene, hasta hoy, equivalente en la relación con Washington.
Lo del tres de enero no inauguró la pérdida de soberanía.
Cerró un ciclo que ya la había consumado.
La memoria selectiva no es un accidente.
Es una postura política que merece llamarse por su nombre.
La soberanía les parecía que existía mientras Venezuela entregaba espacios de decisión, recursos y autonomía estratégica a gobiernos extranjeros afines en lo ideológico.
De repente, se volvió sagrada cuando Estados Unidos adquirió una capacidad determinante para condicionar la transición.
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