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Si Chávez viviera…, por Luis Ernesto Aparicio M.

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Si Chávez viviera…, por Luis Ernesto Aparicio M.

Desde hace algún tiempo, a través de continuas reflexiones e intercambios con colegas y conocedores de la política, más allá de la visión simplista que yo pueda tener, he intentado resolver una paradoja que me ronda desde comienzos de la segunda década del siglo XXI.

La paradoja tiene que ver con el hecho de que el autoritarismo de derecha que hoy se impone en buena parte del mundo, aun siendo ideológicamente distinto, guarda tantas semejanzas con aquel que Hugo Chávez consolidó a principios de este siglo, a pesar de las supuestas diferencias que los separan.

Veamos algunos de los elementos que me llevan a establecer esta relación.

Chávez construyó un liderazgo personalista, dividió el país entre un pueblo presentado como legítimo y unos adversarios convertidos en enemigos, utilizó la confrontación como instrumento de movilización y debilitó los contrapesos institucionales.

Su discurso y sus políticas se identificaban con la izquierda, pero muchos de sus métodos de ejercicio del poder no pertenecen exclusivamente a esa corriente ideológica.

Con Chávez conocimos una forma de ejercer la política en la que los insultos, las descalificaciones, la burla y la provocación adquirieron un protagonismo inusual.

No eran elementos accidentales de su estilo: formaban parte de una comunicación política que desafiaba las convenciones, concentraba la atención pública y buscaba debilitar la legitimidad de sus adversarios.

Hoy observamos estrategias semejantes en dirigentes que convierten la ofensa en espectáculo y presentan la moderación como una señal de debilidad.

Volviendo a la paradoja, esas mismas lógicas aparecen en los populismos de ultraderecha, que construyen su identidad enfrentando a quienes presentan como el “pueblo auténtico” con enemigos internos, élites corruptas o grupos considerados ajenos a la comunidad nacional.

Pareciera que hoy se han olvidado aquellas escenas que los venezolanos vimos en vivo y directo, en las que se construía el culto a una figura omnipotente, omnipresente y celebrada, que hizo cuanto estuvo a su alcance para hacerse con el control de las instituciones y ponerlas al servicio de sus intereses.

Chávez profundizó así uno de los recursos que más daño hacen a la democracia: el personalismo, esa identificación entre el líder y la voluntad popular que termina haciendo parecer legítima cualquier decisión tomada en su nombre.

Su experiencia nos mostró cómo la presión sobre los contrapesos institucionales y la identificación del líder con la voluntad popular pueden erosionar la democracia, incluso cuando se invoca una causa ideológica presentada como emancipadora.

El problema no reside solamente en lo que un dirigente promete, sino también en lo que considera legítimo hacer para imponer su proyecto.

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