Sintieron miedo, se frustraron, lloraron: los médicos que con los terremotos entendieron que también necesitan ser acompañados
Cuando la tierra comenzó a temblar el 24 de junio , Rafael Cortés, José Rolando Ayala y Dayinnigh Ortiz dejaron de ser médicos durante unos segundos. No importaron los años de experiencia, las guardias acumuladas, los pacientes atendidos ni las responsabilidades que habían asumido en los hospitales donde desarrollaron sus carreras. En ese instante, frente al movimiento de una estructura que parecía perder estabilidad, fueron simplemente tres personas intentando sobrevivir.
Como miles de venezolanos, pensaron en sus familias, en encontrar un lugar seguro y en comprobar que a quienes amaban seguían con vida.
El terremoto los colocó del otro lado de la historia, esta vez no eran quienes atendían la emergencia, sino quienes la vivían.
Solo después, cuando el suelo dejó de moverse y comenzaron a conocerse las primeras dimensiones de la tragedia, volvieron a ponerse la bata. Pero ya no lo hicieron en un consultorio o un quirófano. La emergencia los llevó a escenarios donde la medicina tenía otros límites: edificios destruidos, familias desplazadas, niños que habían perdido a sus padres, mujeres embarazadas que enfrentaban la incertidumbre y comunidades enteras que necesitaban algo más que atención médica. Necesitaban volver a sentirse seguras.
Rafael Cortés Charri, profesor titular del Departamento de Obstetricia y Ginecología del Hospital Universitario de Caracas y de la Universidad Central de Venezuela (UCV) , estaba en su apartamento junto con su familia cuando sintió que el edificio comenzaba a balancearse.
Durante años había atendido emergencias obstétricas, había acompañado a mujeres en momentos de miedo y había tomado decisiones bajo presión. Pero aquella tarde la incertidumbre no estaba frente a él en una camilla. Estaba en su propia casa.
Su madre, su pareja y la hija de ella estaban allí. Mientras las paredes se movían y los objetos comenzaban a caer, su primera reacción fue protegerlos. “Los abracé a todos, a protegerlos, yo sabía que solo Dios tenía en ese momento un mandato diferente para nosotros, pero el instinto era de conservarnos”.
A kilómetros de distancia, José Rolando Ayala vivía una escena distinta, pero con la misma sensación de vulnerabilidad.
El médico internista, jefe del Servicio de Medicina I del Hospital Universitario de Caracas y vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Medicina Interna, observaba cómo una pecera se agitaba violentamente mientras el agua caía al piso. Las lámparas se movían sobre su cabeza y la estructura del apartamento parecía perder estabilidad.
Por primera vez sintió una sensación que, como médico, conocía en otros pacientes, pero nunca había experimentado. “Realmente, yo siempre, como médico, no siempre pienso en la muerte, pero la sensación de muerte inminente por primera vez en mi vida la sentí allí”.
Mientras intentaba proteger a sus hijos, comprendió que ningún conocimiento médico podía prepararlo para esa sensación.
La primera noche después del terremoto la pasó junto con su familia en el carro. El apartamento había sufrido daños y ninguno se sentía preparado para regresar.
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