La profesora que todo el país debería conocer
Celina Jiménez de Despujols acaba de cumplir un siglo de vida. Y yo quisiera que todo el país la conociera. No precisamente por haber llegado a una edad tan avanzada con salud y lucidez, sino porque es una persona que vale la pena conocer, por muchas razones:
Celina fue profesora durante décadas en Barquisimeto. Por sus aulas pasaron decenas de promociones. Pero más que conocimientos, Celina enseñó algo que hoy parece cada vez más escaso: ética. Educar no es solamente llenar cabezas de conocimientos. Es, principalmente, enseñar a los alumnos a distinguir entre lo correcto y lo que está mal, entre decir que no aunque todos digan que sí, entre la verdad y la mentira, entre la dignidad y la humillación. Es formar personas capaces de pensar por sí mismas y de asumir las consecuencias de sus decisiones. Es enseñarlos a tener valentía moral.
Celina hizo de eso una forma de vida. ¡Y vaya que tiene carácter! Cuando Celina habla, la gente escucha. Y la escuchan porque de ella emana esa autoridad que no viene de un cargo, de un título, ni de una condecoración: viene de haber vivido de acuerdo con lo que predica. Y, por si fuera poco, tiene un estilazo. A sus cien años se pinta el pelo de azul. Sí, de azul. Y lo lleva con una naturalidad que, al menos a mí, me hace pensar que quizá el problema no es que una mujer de cien años tenga el pelo azul, sino que el resto de nosotros tal vez somos demasiado conservadores.
Pero una de las historias que mejor retrata a Celina ocurrió cuando tenía 96 años. La Universidad Politécnica Territorial de Lara, Andrés Eloy Blanco (Uptaeb). decidió condecorarla. Una distinción, supuestamente, por haber llegado a esa edad. Celina hizo un video para decir que aquello no era razón para condecorar a nadie. "Sencillamente declaro que no veo cuál es la proeza de haber llegado a los 96 años. Parece que todo el mundo lo ve así, una proeza, un heroísmo llegar a los 96 años", dijo entre risas y añadió: "El heroísmo es para los que nos soportan". Y agregó otro detalle: se quejó de la medalla, era de latón. No puedo imaginar una demostración más perfecta de quién es Celina. Una persona acostumbrada a decir lo que piensa, aunque lo que piensa no sea precisamente lo que quienes están alrededor quieren o esperan escuchar. Y eso también es ética. Porque la ética también consiste en tener el coraje de decir las cosas cuando corresponda.
Celina Jiménez de Despujols cumplió cien años. Y yo quisiera que Venezuela la conociera. Que conociera a esta mujer de pelo azul, carácter indomable y principios firmes. A esta maestra que sigue enseñando sin necesidad de estar frente a una pizarra y esa es la lección más hermosa que nos deja al cumplir un siglo: que una vida bien vivida no necesita una medalla para ser reconocida. Vivimos tiempos en los que demasiadas personas confunden respeto con silencio y autoridad con poder. Celina nos recuerda que se puede respetar a alguien y, al mismo tiempo, disentir de él. Que un ciudadano tiene derecho a preguntar y a quejarse. Y que una persona decente no debe callarse solamente porque tenga por delante a alguien con poder. Por eso me parece tan importante hablar de ella ahora.
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