Cuando las élites no saben leer el país
Venezuela ha tenido históricamente élites empresariales, profesionales e intelectuales formadas a lo largo de generaciones.
Junto a ellas ha surgidor, durante estos años, una nueva élite económica, parte de cuya prosperidad se construyó dentro del orden creado por el chavismo y al amparo de sus relaciones con el poder.
No se trata de descalificarla por ser nueva.
Pero quienes prosperaron bajo determinadas reglas tienen razones para preferir que los cambios no alteren demasiado el sistema que hizo posible su ascenso.
El peligro comienza cuando esa percepción particular se confunde con la realidad nacional.
La Venezuela que se observa desde los círculos del poder, los negocios y el privilegio puede ser muy distinta de la que vive la mayoría.
El acomodo de algunos no significa la aceptación de todos, ni la aparente estabilidad equivale a legitimidad.
Siete meses después del 3 de enero, el desencanto crece ante la percepción de que los cambios pueden terminar limitándose a una redistribución de posiciones e intereses, mientras permanecen intactos demasiados vicios del pasado.
Las élites cometen un grave error cuando confunden silencio con conformidad, estabilidad con aceptación y resignación con consentimiento.
Venezuela necesita empresarios, inversión y creación de riqueza, viejas y nuevas élites.
Pero ninguna estabilidad será duradera si no descansa sobre instituciones legítimas y una sociedad que sienta que también participa del futuro que se construye.
El verdadero peligro no es que existan intereses.
Siempre existirán.
El peligro es que quienes hoy tienen mayor capacidad de influir lleguen a creer que sus intereses son los del país y no adviertan lo que ocurre bajo sus propias narices.
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