Luego viene el arrepentimiento … ¡Vivimos como si fuéramos inmortales!
La verdad es que la mayoría de nosotros vivimos bajo la silenciosa ilusión de que seremos jóvenes toda la vida y de que jamás perderemos nuestras cualidades físicas ni cognitivas.
Pensamos, casi con soberbia, que siempre aguantaremos un trasnocho sin que pase factura, que esa bomba gastronómica con la cual saciamos un gusto momentáneo nos caerá bien toda la existencia, o que siempre dormiremos con la profundidad de un niño.
Pero tristemente no es así.
Y entre más nos creamos inmortales o asumamos que el amor propio —ese que nace del verdadero autocuidado— son puros hábitos rígidos necesarios solo en la vejez, más fácilmente esa senilidad o el deterioro indefectible de la salud aparecerán acompañados de amargos arrepentimientos y de frases tardías como: «¡Si me hubiera cuidado!».
Y, por otra parte, de igual manera pensamos que nuestros padres van a durar toda la vida… Les comento, por ejemplo, que mi mamá tiene 87 años y que de vez en cuando me reclama con esa ternura profunda que solo tienen las madres, diciéndome que nunca sabe a qué hora llamarme porque siempre me encuentra ocupada.
Casi sin pensar, y medio en broma, le respondí hace poco: «Mamá, el problema es que mi trabajo es demasiado demandante, pero, además, si no trabajo, ¿cómo produzco para cuidar de ambas?».
Ella simplemente se sonrió y me dijo: «Pues ponme en tu súper agenda».
No pude sacarme esa frase de la cabeza durante días.
De hecho, me pasó algo sumamente curioso: en las conversaciones que sostuve con gente cercana después de ese episodio tragicómico, le terminé contando esta misma historia una y otra vez a mi gente cercana, y solo ahora entiendo la razón profunda de mis excusas con respecto al tiempo.
No se trata de una simple anécdota cotidiana; entendí que ha sido mi forma inconsciente de procesar una verdad que me ha estado doliendo profundamente.
Porque mi mamá tiene razón.
Cada vez la veo más cansada, más frágil, caminando con pasos más lentos y pausados, y aunque casi nunca lo hablo, creo que una parte de mí siente un miedo visceral a ver su inminente y progresiva fragilidad.
A propósito de ello, me he estado haciendo una pregunta muy incómoda: ¿Será que, sin darme cuenta, estoy poniendo una distancia defensiva porque me da terror perderla? ¿Será que una parte de mi psique cree equivocadamente que, si la veo menos o estoy menos presente, el día que ya no esté en este plano el impacto va a doler menos? No tengo una respuesta absoluta.
Solo sé que esa revelación me sacudió por completo porque entendí que las personas más importantes de mi existencia no pueden seguir esperando a que mi agenda profesional tenga un hueco para ellas.
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