La paradoja del Moái: Venezuela huérfana, por Jipson Briceño Domínguez
La paradoja del Moái Venezuela vive hoy en orfandad total, un desamparo donde nadie vela por su incierto destino, y ante esa desgracia todos codician la riqueza compuesta de minerales estratégicos que yacen bajo el suelo, nadie quiere ver a quienes caminan sobre él.
Nadie se interesa por la madre que en las minas de oro de Bolívar pisa la riqueza que nunca será suya, ni por la que en los pozos de Tía Juana, Tamare, Bachaquero, Mene Grande o El Furrial ve cómo el petróleo que brota bajo sus pies alimenta un botín que no la nombra.
Son las víctimas que caminan sobre su propia condena: el suelo que las sostiene es el mismo que las despoja.
La realidad del país, el tiempo amenaza con petrificarla.
Venezuela opera hoy como los Moáis de la Isla de Pascua: colosos mudos que miran a un horizonte que ya no existe, monumentos nacidos de tensiones irracionales que terminaron por extinguir los propios recursos que le daban vida y razón de ser.
El resultado fue una piedra en el Pacífico que hoy solo sirve como vestigio, recuerdo de lo que no se debe repetir.
El mundo nos observa bajo ese prisma.
Los turistas de la interesada geopolítica solo se acercan a presenciar el remanente, lo que queda del despojo.
Saben que cuando la riqueza fáctica se agote, esa piedra continental será abandonada con todo y habitantes, y los taladros y las inmensas torres que extrajeron los recursos serán los nuevos moáis: monumentos perennes que verán extinguir también a los suyos.
Esa grieta estructural es visible y multidireccional.
Se corroe por dentro y por fuera: sufre la erosión de quienes la habitan desde la complicidad, mientras soporta embates externos que perforan lo poco que queda de soberanía.
El protectorado ya no es una hipótesis.
Es un hecho administrativo en ejecución.
Washington otorga licencias para extraer petróleo, decide quién cobra y quién no, y negocia directamente con Delcy Rodríguez la permanencia de su gobierno a cambio de flujo.
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