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El documento, por Fernando Rodríguez

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El documento, por Fernando Rodríguez

Correo: [email protected] Será un día a subrayar en el calendario patrio: la firma del documento del diálogo que devolverá a la nación la democracia y la paz, después de añales.

Hasta un desfile de nuestras «gloriosas» podría planearse, dado su valiente y decisoria intervención para reconducir hacia el bien el desviado camino de nuestras libertades, en especial su comandante militar y espiritual, Padrino, hoy, a la luz de la paz venidera y bien ganada, dedicado a las nobles labores del campo.

O, quién quita, un acto cultural en que nuestros poetas y otros cultores de la belleza con sus finas y múltiples voces recordarán sus sacrificios y riesgos por recuperar nuestro espíritu; debería incluirse alguna composición musical, por ejemplo «Madrid de mis amores, Venezuela lejos», dirigido por quien todos suponen o un recital a muchas voces de sutiles versos dedicados a los poetas y su intenso dolor espiritual.

Dicho lo cual, me limitaré a señalar algunas perogrulladas, verdaderas perogrulladas, sobre el decisorio documento.

Deben las partes estar de acuerdo y firmarlo, los a regañadientes son de rigor, lo que supone que cualquier desequilibrio que, sin duda, las dos trincheras sentirán se sacrificará en nombre de la armonía y la concordia, un futuro de luz.

Si mi muerte contribuye… será lema ético o épico.

Si una o las dos partes se rebelan, Trump arregla esa vaina.

Si María Corina lo hace no sabría qué pasaría, desgarros sentimentales y divorcios, pero Trump también arreglaría esa sampablera.

Como habrán visto, todo es Trump.

Dinorah, Delcy Eloina, María Corina son Trump.

Lo que no es muy seguro, paradójicamente, es que Trump sea Trump, por una suerte de muy visible disociación mental.

Es seguro que hay más de un Trump: el que se monta en un avión y vuela por otro.

Esto último es lo que hace complicados algunos vaticinios más sutiles. *Lea también: Justicia, por Fernando Rodríguez Siendo como parece el documento de marras, no es de prever que nadie firme algo que ponga, por ejemplo, a los suyos en una sucia cárcel de la ciudad de New York, «ya les dimos a Nicolás y señora, es bastante», dirá Jorge, el dialéctico.

Cada cual con su plata y su culpa a su casa, a lo sumo a Estambul, y mira que hay unos que no se les pueden contar ni las culpas ni las cuentas, por inmensas. «Unión de los partidos, olvido del pasado», aunque sea pavoso.

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