Lavarse las manos culpando a China, por Ottón Solís
X: @Latinoamerica21 El éxito exportador y el rápido crecimiento de la economía china normalmente serían motivo de elogio y admiración, y la estrategia de desarrollo que lo ha hecho posible formaría parte de los paquetes de políticas cuya adopción el Banco Mundial, el FMI y los países ricos exigirían como condición para otorgar asistencia financiera a los países pobres.
Historias de éxito anteriores –por cierto, también asiáticas– fueron presentadas como ejemplos a seguir y bautizadas con conceptos inspiradores.
Así, el rápido crecimiento económico del Japón de la posguerra fue denominado el Milagro Japonés, mientras que Singapur, la isla de Taiwán, Hong Kong y la República de Corea fueron celebrados como los Tigres Asiáticos, debido a sus éxitos económicos.
Sin embargo, los resultados chinos frecuentemente se han adjetivado en Occidente con términos negativos, como el Choque Chino (aunque no en el artículo académico publicado en la American Economic Review en 2013 que da origen al término), concepto que posteriormente evolucionó hacia el Nuevo Choque Chino (o Choque Chino 2.0), a raíz de sus éxitos recientes en los mercados mundiales de vehículos eléctricos, inteligencia artificial, baterías, biotecnología, energías renovables, robótica, semiconductores y otras tecnologías del futuro.
En lugar de elogios, el China Shock suele denigrarse como sobreproducción, sobrecapacidad y sobreoferta, situación que es atribuida a políticas industriales (intervención del Estado en la economía) y a la selección de ganadores (champions).
Ello, deliberadamente olvidando que esta misma estrategia también estuvo en los cimientos del Milagro Japonés y de los éxitos de los Tigres Asiáticos.
Desde el punto de vista de la oferta y la demanda, sobreproducción existiría si se fijan precios mínimos (¿por alguna hipotética autoridad mundial de comercio?), lo cual, evidentemente, no es el caso.
La realidad es que las empresas chinas, debido a su elevada productividad y a políticas gubernamentales, han desplazado la curva de oferta hacia la derecha y hacia abajo, presionando a la caída los precios a los cuales se equilibra el mercado para numerosos productos industriales.
Esa situación deriva en tres consecuencias socioeconómicas.
En primer lugar, millones de consumidores de ingresos bajos y medios de todo el mundo han podido adquirir automóviles y otros bienes industriales a precios asequibles.
En segundo lugar, el combate al cambio climático ha sido más eficaz gracias al acceso a equipos de energía renovable de alta tecnología y bajo costo.
Y, en tercer lugar, industrias occidentales de baja productividad y altos costos no han podido sobrevivir.
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