Por qué la tuberculosis sigue matando a tanta gente si hay una cura y una vacuna desde hace décadas
Madame de Pompadour, la cortesana más famosa de Francia y la amante principal y consejera del rey Luis XV, falleció en Versalles en 1764 ; Simón Bolívar, el "Libertador" de gran parte de América del Sur murió en Santa Marta, Colombia, en 1830 .
Ambos fueron víctimas de consunción, tisis o la peste blanca, los varios nombres por los que se conocía la enfermedad que diezmó a generaciones de artistas, políticos y pensadores: las hermanas escritoras Emily y Anne Brontë, el compositor Frédéric Chopin, el dramaturgo Anton Chéjov, y muchos más.
La enfermedad estaba tan presente entre los siglos XVIII y XIX que se coló en la ficción una y otra vez.
La amante del autor Alexandre Dumas hijo, la famosísima cortesana parisina Marie Duplessis, falleció de consunción con tan solo 23 años, y nació Marguerite Gautier, la heroína de "La dama de las camelias", por ejemplo.
Los médicos que realizaban las autopsias habían notado que quienes morían por esa causa tenían pequeñas masas a las que llamaron "tubérculos" (del latín tuberculum ); en 1839 el médico y profesor alemán Johann Lukas Schönlein propuso el término tuberculosis.
Pero tardó en imponerse, entre otras razones porque la dolencia se había romantizado y 'consunción' sonaba mas apropiado.
Era vista como una muerte espiritual y elegante que consumía el cuerpo lentamente sin deformarlo.
La palidez extrema, la delgadez y los ojos brillantes se asociaban con la sensibilidad artística, la pureza del alma y la belleza trágica, convirtiendo un síntoma médico en el estándar estético de la alta sociedad.
Ese mito colapsó cuando, en 1882, el médico y microbiólogo alemán Robert Koch demostró que la enfermedad no era un signo de refinamiento espiritual ni de genio artístico, sino el resultado de una bacteria altamente contagiosa ( Mycobacterium tuberculosis ) vinculada a la miseria.
La revelación provocó una de las transiciones culturales y sanitarias más drásticas de la historia moderna.
La estética tísica dejo de ser atractiva. Los médicos advirtieron que los vestidos con cola larga y las barbas frondosas eran nidos de gérmenes, y ambos desaparecieron casi de la noche a la mañana.
Como el único remedio conocido a finales del siglo XIX era la terapia de reposo, sol y aire puro, se crearon sanatorios en las montañas con una estética pulcra y clínica.
Esa obsesión por la higiene y la luz solar definió los cimientos de la arquitectura moderna del siglo XX: se impusieron los techos planos, terrazas abiertas y grandes ventanales para aprovechar los rayos del desinfectante natural por excelencia, así como interiores que evitaran "trampas de polvo" donde el bacilo de Koch pudiera anidar.
A pesar de tan enorme cambio, aún faltaba algo fundamental: un avance médico.
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