La válvula de escape, por Jipson Briceño Domínguez
X: @jipsonb La política, como la física elemental, no soporta el vacío ni la presión perpetua sin buscar un escape.
La Mesa Técnica y Política Paritaria que se mueve entre La Carlota y el Meliá, donde Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera juegan un protagonismo que eclipsa cualquier imaginación, protegidos desde el cielo profundo por Trump, puede firmar todos los contratos que Wall Street exija, pero no puede mantener a una sociedad entera mirando el ruido del algoritmo mientras el subsuelo se remata.
Deben buscar una válvula que calme la presión popular o, por lo menos, que atenúe el hambre electoral de los políticos de reciclaje, quienes ven en esa alternativa popular una forma de «mantener o conquistar los espacios», para estar cerca de lo que para ellos es el poder.
Por ello, el Protectorado necesita enfriar el acelerado calentamiento social que las calles de Baruta, Chacao, El Hatillo y Lecherías comienzan a experimentar y al que la acción política busca «echarle leña» para que el tutelaje norteño lo enfríe.
Ese desconcierto social, que comienza a acercarse a los procesos entrópicos que vive la sociedad venezolana en la era Trump, requiere revertirse.
En el manual del pragmatismo no existe mejor refrigerante social que colgar un tarjetón electoral en cada estado y municipio.
Una convocatoria a elecciones en 23 gobernaciones y 335 alcaldías no vendrá como concesión democrática; vendrá como necesidad existencial del sistema.
Una olla que necesita disipar energía antes de reventar.
Un mecanismo de contención desesperado: el sistema sacrifica una pieza menor para evitar que el fuego alcance los cimientos del poder.
Pero el ardid requiere que el grito provenga de abajo.
El poder necesita disfrazar la maniobra para que la calle la asuma como una conquista propia, como un premio arrebatado en las urnas, y no como la migaja institucional que realmente es.
La celada debe tener el concurso de los hambrientos: de los que quieren tener un pedazo de las gobernaciones de Anzoátegui, Zulia o Falcón; un espacio en las alcaldías de Petare, Los Teques, Valencia o Maracay; una tribuna en esos Consejos Legislativos o Cámaras Municipales.
La conquista, al mejor estilo de un escenario de Hollywood, debe parecer un combate real donde se venció al opresor, mientras los arquitectos del algoritmo se encargan de los extras y la utilería.
Al fragmentar la pelea en clave territorial y disfrazarla de batalla previa a la gran elección, el poder le desarma el libreto al radicalismo de María Corina Machado.
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