Ramón Escovar León: Rodger Farrell, el estadounidense que vino a Venezuela a construir instituciones
Rodger Farrell desconfiaba de los laudos interminables.
Cuando alguien parecía confundir el número de páginas con la importancia de una decisión, mencionaba Roe v.
Wade y se detenía a contar las 66 páginas que ocupa la sentencia.
Si una decisión que había transformado la vida jurídica y política de Estados Unidos durante décadas podía exponer sus razones sin convertirse en un tratado, los árbitros también debían ser capaces de llegar al punto con precisión y sin salirse de la línea argumentativa de la cuestión jurídica debatida.
Un laudo no era más importante por ser largo ni menos profundo por ser breve.
Esa preocupación por la claridad no terminaba en el lenguaje.
Alcanzaba también la conducta de los abogados y los árbitros.
En uno de sus correos me propuso preparar un documento sobre ética arbitral.
Proponía reunir a varios profesionales para redactar un texto que pudiera ayudar a los abogados frente a clientes dispuestos a llevarlos a medidas extremas.
Luego introducía una precisión con su habitual franqueza: en realidad, sospechaba que el problema era más de los abogados que de sus clientes.
No había en ello una crítica hecha desde la distancia, porque conocía tanto el arbitraje venezolano como la idiosincrasia de los litigantes.
Por eso criticaba los procedimientos formalistas y enrevesados que obstaculizaban la solución eficiente de los conflictos.
Era un buen rematador de faenas y llevaba hasta el final lo que se proponía.
Así ocurrió con el Cedca, pues no descansó hasta ver a este centro de arbitraje en funcionamiento.
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