¿Comparándola con quién?
Un reconocido humorista británico, cuando alguien le preguntaba cómo estaba su esposa, solía responder con una agudeza impecable: «¿Comparándola con quién?».
A mí la ocurrencia me parece muy simpática y me provoca risa; sin embargo, recientemente la conté en una reunión de amigos y, por las caras que mostraron algunas señoras, me dio la impresión de que la anécdota no les pareció muy graciosa.
Pero más allá del chiste de salón, la frase encierra una verdad psicológica interesante.
Nada en este mundo posee un valor aislado; todo es relativo.
Vienen a mi memoria mis clases de bachillerato y recuerdo aquella distinción elemental en las matemáticas: el valor absoluto de un número y su valor relativo según la posición que ocupe en la cifra.
En la vida cotidiana ocurre exactamente lo mismo: evaluamos nuestras alegrías, logros o fortuna no por lo que son en sí mismos, sino por el lugar donde los colocamos en relación con los demás.
La comparación social es uno de los sesgos más profundos de la naturaleza humana, y la psicología moderna ha estudiado a fondo este fenómeno.
León Festinger, psicólogo de la Universidad de Stanford, formuló la Teoría de la Comparación Social, demostrando que los seres humanos evaluamos nuestras propias capacidades y estatus midiéndonos con nuestro entorno.
Sin embargo, la psicología positiva —de la mano de investigadores como Martin Seligman y Sonja Lyubomirsky— advierte sobre los devastadores efectos de este hábito.
Lyubomirsky comprobó en laboratorio que las personas persistentemente infelices dedican una cantidad desproporcionada de tiempo a la comparación social, mientras que los individuos plenos tienden a juzgar sus logros bajo sus propios criterios internos.
Cuando nos comparamos hacia arriba, la matemática casi siempre nos derrota: irremediablemente encontraremos a alguien con más éxito, mejor salud o mayor fortuna.
El deseo de prosperar al ver el logro ajeno es una reacción humana natural; sin embargo, la psicología social distingue con claridad entre la envidia benigna, aquella que sirve como una motivación genuina para mejorar y la envidia maliciosa, la que se enfoca en el resentimiento que pudiera llegar a desear el mal de la otra persona.
La diferencia radica en los sentimientos que genera.
La comparación raras veces se dirige hacia figuras lejanas.
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