La Otra Cara: "La Odisea inconclusa" Por José Luis Farías
Los antiguos griegos comprendieron algo que los estrategas políticos modernos, con sus diagramas de flujo y sus hojas de ruta, suelen olvidar: que la victoria y el regreso a casa no son lo mismo.
Troya cayó, sí, y con ella se derrumbó un mundo.
Pero la diosa Atenea, la de ojos glaucos, se apareció ante Odiseo en la playa de la ciudad arrasada y le recordó, con esa mezcla de admiración y advertencia que caracteriza a los dioses, que el camino de regreso no sería fácil.
“Eres fiero, audaz e ingenioso”, le dijo, “pero los dioses son caprichosos.
Te entretendrán poniéndote a prueba.
Saben de tu astucia y te envidian.
La usarán en tu contra para demostrar su poder.” Odiseo, sin embargo, no escuchó del todo la advertencia.
O quizás la escuchó y la archivó en el mismo lugar donde guardamos las certezas incómodas que preferimos posponer.
Comenzó la recluta de hombres para el regreso a Ítaca.
Reunió a su amigo Polites, al navegante Alcimo, al guerrero Euríloco.
Zarpó con doce naves y seiscientos hombres, llevando en el pecho la imagen de Penélope tejiendo y destejiendo en la península, y la promesa de que el viaje duraría apenas dos días.
Dos días.
Eso creyó.
Eso le dijeron los vientos favorables.
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