Humberto García Larralde: Forajidos
Pasé mi niñez en Canadá.
Mi padre, Humberto García Arocha, cayó preso al comienzo de la dictadura de Pérez Jiménez y fue luego expulsado de Venezuela.
Sólo con su derrocamiento pudimos regresar.
En la TV de ese país me entretenían las series de vaqueros, en las que los buenos siempre triunfaban ante los malos.
Se les refería, simplemente, como outlaws –los fuera de la ley–, o sea, como forajidos.
Los buenos, víctimas inocentes de los malos, los representaba la justicia, encarnada por el sheriff de rigor.
Era una puesta en escena muy maniquea.
La mayoría de los casos no terminaban sometiendo a juicio a los forajidos; sino acribillándolos en plena calle principal.
Las instituciones como resguardo del Estado de derecho tuvieron que esperar los programas del infalible abogado, Perry Mason.
La idea de un marco legal se plasmó, felizmente, para regular las relaciones entre países.
Tristemente, no terminaron por desaparecer las guerras.
Paradójicamente, los países que más influyeron para instituir reglas que garantizaran la paz en el globo –las antiguas potencias coloniales europeas y EE.
UU.–, tendían a ser sus principales violadores.
Pero no invalida la justeza del planteamiento, sino que obliga a evaluar la justeza de su aplicación en cada caso.
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