El Gran Sismo de los Andes: la noche que la tierra borró pueblos enteros
La noche andina estaba recogida sobre sus montañas.
En Mérida, las calles habían perdido el movimiento del día y muchas familias se disponían a dormir.
En los pueblos del Mocotíes, del Chama y de las tierras que descendían hacia el lago de Maracaibo, las lámparas comenzaban a apagarse y las casas de tapia, bahareque y tejas guardaban el silencio habitual de una noche de abril.
A las 10:15, sin embargo, la tierra dejó de ser firme.
El 28 de abril de 1894, un terremoto de extraordinaria violencia atravesó los Andes venezolanos y alcanzó una extensión que desbordó cualquier experiencia local.
El movimiento fue tan amplio que también se sintió en regiones alejadas de la zona epicentral, desde Caracas hasta Maracaibo y desde los Andes colombianos hasta Curazao.
En Mérida, el periodista, historiador y testigo Tulio Febres Cordero describió aquella noche como una catástrofe.
Muchos edificios se desplomaron; las casas quedaron severamente averiadas y los techos cedieron bajo el movimiento.
La ciudad sobrevivió, pero buena parte de ella quedó convertida en un paisaje de paredes vencidas, habitaciones inhabitables y escombros.
Lo extraordinario, observó Febres Cordero, no era únicamente la magnitud de la destrucción, sino que una población entera no hubiese sucumbido bajo ella.
La noche todavía no había terminado.
Mérida entre ruinas La arquitectura religiosa, que durante siglos había marcado el perfil urbano de Mérida, fue una de las grandes víctimas.
La Catedral perdió su torre y buena parte de sus techos.
La iglesia del Carmen quedó sin frente, mientras los templos de las parroquias Milla, El Llano y Belén sufrieron el colapso de sus cubiertas.
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