Perdón y poder, por Gisela Ortega
El tema del perdón es complicado y difícil.
Perdonar no es olvidar, tampoco es amnesia, ni resignación, –entre otras cosas– porque no sería lógico borrar al infractor de nuestra base de datos y quedar por ingenuidad en riesgo de un nuevo ataque.
Perdonar no es justificar comportamientos negativos o incorrectos, sean propios o ajenos.
No es hacer como que todo va bien cuando no es así.
El maltrato, la violencia, la agresión, la traición y la deshonestidad son sólo algunas de las conductas que pueden ser totalmente inaceptables.
El perdón no quiere decir que se apruebe o defienda la actuación que ha causado sufrimiento, ni tampoco excluye que se tomen las medidas para cambiar la situación y proteger nuestros derechos.
El concepto del perdón moral e interpersonal se originó en la antigüedad con el pueblo hebreo y la tradición bíblica, marcando un cambio frente a las culturas de la vergüenza y la retribución de la época.
De acuerdo a Google, Wikipedia, IA y otros textos consultados, a diferencia de las civilizaciones paganas del mundo antiguo (como la antigua Grecia o Roma, regidas por el honor, la venganza y el destino), el judaísmo introdujo formalmente la noción de culpa, arrepentimiento (teshubá) y la capacidad humana de transformar el pasado mediante el perdón.
En la narrativa bíblica e histórica, el Yom Kipur (Día del Perdón) se remonta tradicionalmente al periodo del éxodo en el monte Sinaí, y relatos tempranos como el perdón de José a sus hermanos en el Génesis simbolizan este cambio de paradigma en la condición humana.
Posteriormente, esta ética fue adoptada y universalizada por el cristianismo, convirtiéndose en el eje central de la moralidad y las relaciones interpersonales en la civilización occidental y expandiéndose a nivel global.
Todas las religiones enseñan que el perdón es algo que debe practicarse.
La norma general es que, para ser un buen cristiano, es preciso tratar de perdonar.
Jesucristo dijo a sus discípulos que deberían perdonar «hasta 70 veces siete» La palabra «perdón» proviene del latín perdonare, que significa conceder una gracia o dejar pasar una falta.
Originalmente, en el latín medieval, perdonare equivalía a «dar por completo» o «regalar una deuda», es decir, absolver a alguien de lo que debía sin exigir un pago o castigo a cambio.
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