En Mare Abajo prefieren el calor sofocante de las carpas a las penurias del refugio
A dos meses del doble terremoto del 24 de junio, familias de Mare Abajo, en La Guaira, permanecen en carpas frente a sus viviendas mientras esperan la evaluación y avaluación de 51 edificios y al menos un centenar de casas.
Aunque soportan el calor y la falta de agua, prefieren quedarse cerca de sus hogares antes de trasladarse a refugios temporales Dos meses han pasado desde el doblete sísmico del 24 de junio que sacudió a Venezuela y golpeó con especial fuerza al litoral central.
En Mare Abajo, parroquia Carlos Soublette de La Guaira, el recuerdo de aquella mañana todavía permanece adherido a las paredes, a las calles y, sobre todo, a la memoria de quienes sintieron que el suelo podía tragárselos. «Yo creía que se iba a hundir todo esto y que íbamos a dar al mar», recuerda Claudia Hernández, una de las residentes del conjunto habitacional Mare Abajo, donde 1.062 apartamentos se distribuyen en los 51 edificios que dominan el sector ubicado justamente entre el mar y el lindero norte del aeropuerto de Maiquetía.
Mare Abajo, está integrada por un conjunto de urbanismos construidos entre 2010 y 2013 en diferentes etapas.
El proyecto fue impulsado durante la gestión del fallecido gobernador Jorge Luis García Carneiro y posteriormente recibió respaldo a través de la Gran Misión Vivienda Venezuela.
La construcción transformó la imagen de una zona popular, que durante años estuvo asociada con pobreza y abandono.
Aún una zona, conocida como La Chatarrera, es el asentamiento de pequeñas viviendas, que también fueron desalojadas tras el doble terremoto.
Los nuevos edificios modificaron el paisaje de la costa y estuvieron acompañados por espacios destinados al esparcimiento, una playa frecuentada por surfistas y la construcción de la avenida Bicentenaria, concebida como una conexión vial entre sectores de Maiquetía y las zonas de balnearios de Playa Verde y Playa Grande.
Pero dos meses después del terremoto, aquella transformación urbana convive con una gran incertidumbre.
Frente a los edificios se levanta ahora otra ciudad: una hilera de carpas azules, algunas identificadas con símbolos de los países y organizaciones que han enviado ayuda humanitaria, entre ellos China y Estados Unidos.
Allí duermen familias que abandonaron sus apartamentos mientras esperan una decisión definitiva sobre el futuro de sus viviendas. «El calor dentro de la carpa es sofocante.
Es un calor que te mata.
Uno siente que uno se va derritiendo porque esa carpa, con calor, es como un calor pegajoso y no hay casi agua para bañarse», cuenta Rafael Álvarez, uno de los habitantes que permanece en el campamento.
El agua no es el único problema.
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