A ochenta años de los juicios de Nuremberg, por Gustavo J. Villasmil Prieto
Entre noviembre de 1945 y octubre de 1946, el Palacio de Justicia de Nuremberg se convirtió en el epicentro de una mutación radical del orden jurídico global.
A ochenta años de la lectura de aquellas sentencias históricas que descabezaron la estructura formal del nacionalsocialismo, tan importante efeméride no puede despacharse como un mero ejercicio de arqueología jurídica.
Nuremberg representó el nacimiento accidentado, pero irreversible, de la justicia penal internacional contemporánea y del reconocimiento de los crímenes de lesa humanidad como hecho justiciable más allá de las jurisdicciones nacionales y de las infaltables invocaciones a la «obediencia debida».
Sin embargo, su legado arrastra una contradicción fundacional que los analistas políticos e historiadores del derecho continúan debatiendo: la del tenso equilibrio entre la urgencia moral de castigar la barbarie y el principio de legalidad vulnerado por la aplicación retroactiva de normas, fenómeno este frecuentemente descalificado por sus detractores contemporáneos como la ‘justicia de los vencedores’.
El examen crítico de Nuremberg exige reconocer que, pese a sus imperfecciones procesales, aquel histórico tribunal rompió el dogma decimonónico de la soberanía absoluta del Estado en materia criminal.
Por primera vez, el individuo dejó de estar blindado por el mandato jerárquico y la inmunidad soberana y la obediencia debida dejó de ser una patente de corso para el exterminio.
Este sismo doctrinal resonó con fuerza en una Venezuela que, precisamente en octubre de 1945, atravesaba su propio quiebre histórico con la caída de Isaías Medina Angarita y el ascenso de la Junta Revolucionaria de Gobierno.
La opinión pública venezolana de la época, estimulada por una prensa en plena efervescencia democrática, siguió las incidencias de los juicios alemanes con una mezcla de fascinación jurídica y de necesidad de asimilación doméstica.
La intelectualidad y el foro jurídico venezolanos de mediados de la década de los cuarenta no permanecieron indiferentes ante aquello.
Los ecos de Nuremberg se reflejaron de manera inmediata en la retórica de los nuevos actores políticos del país, quienes vieron en el procesamiento de las élites caídas un espejo conceptual para justificar la depuración administrativa interna.
El ejemplo más nítido de esta influencia fue la creación en Venezuela del polémico Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa a finales de 1945.
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