Los expertos en psicología coinciden: quienes tienen una vida social muy activa pueden sentirse solos
“No hay nada más solitario que estar en una mala relación” .
La frase del sociólogo estadounidense Eric Klinenberg, investigador de la Universidad de Nueva York, apunta a una paradoja cada vez más visible: la soledad no siempre se vive en silencio ni en aislamiento.
A veces se experimenta en medio del ruido, entre conversaciones constantes y calendarios saturados de encuentros.
La agenda marca reuniones de trabajo, la familia reclama su espacio, los grupos de WhatsApp se multiplican, las redes sociales mantienen una actividad permanente.
Hay cumpleaños, salidas, videollamadas, mensajes que van y vienen durante todo el día.
Desde afuera, la vida social parece plena.
Sin embargo, puertas adentro, muchas personas describen una sensación distinta: un aislamiento íntimo difícil de explicar.
“Estamos hiperconectados, pero muchas veces desvinculados emocionalmente –dice la psicóloga Denise Orellano–.
Compartimos información, memes, historias, pero pocas veces hablamos de nuestras vulnerabilidades, de lo que realmente nos pasa”.
Ese intercambio constante puede dar la impresión de cercanía, aunque no siempre construye intimidad.
En ese contraste empieza a tomar forma un concepto que gana lugar en la psicología contemporánea: la soledad funcional .
No se trata de la ausencia de relaciones, sino de vínculos que cumplen un rol práctico: coordinar actividades, intercambiar información, organizar la vida cotidiana, etc., pero que no alcanzan a sostener una conexión emocional profunda.
“Hay personas que tienen muchas actividades sociales, pero sus relaciones están muy instrumentalizadas –explica la psicóloga española Silvia Álava Sordo–.
Con uno quedan para hacer deporte, con otro para trabajar, con alguien más para organizar algún plan.
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