Decoro
Hay palabras que mueren dos veces: primero cuando dejan de orientar la conducta de los hombres y, mucho después, cuando desaparecen de su lenguaje.
Decoro pertenece hoy, lamentablemente, a ambas categorías.
El decoro no es un adorno del carácter ni una cortesía de las buenas maneras.
Es una virtud cívica .
Consiste en renunciar libremente a aquello que, aun siendo jurídicamente posible, puede comprometer la confianza que los demás depositan en nosotros.
El derecho establece el límite de lo prohibido; el decoro señala el comienzo de lo debido.
En ninguna actividad esa exigencia resulta más importante que en la función judicial.
Los jueces administran un bien invisible y frágil: la confianza pública .
Una sentencia puede estar impecablemente fundada en el derecho, pero puede perder buena parte de su autoridad si la sociedad sospecha que quien la dictó no gozaba de la independencia necesaria para hacerlo.
Por esa razón, desde hace siglos la cultura jurídica occidental ha comprendido que la imparcialidad no basta .
También debe existir la apariencia de imparcialidad .
La Justicia no solo debe hacerse; debe verse que se hace.
No se trata de una exigencia estética, sino institucional.
El reciente nombramiento de la esposa del cuestionado juez federal Marcelo Martínez de Giorgi , -quien tiene a su cargo una investigación en la que podrían verse comprometidos intereses directos del poder- vuelve a poner en evidencia esa cuestión.
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