La metamorfosis de Dillom: del trap al anti-héroe del pop argentino
Hace tiempo que a Dillom le viene doliendo el mundo. Tira manotazos, azota lo que encuentra, anda pop siendo punk y, definitivamente, esto sí, ya consta en actas, es un ex trapero. El diente sigue faltando, pero ahora anda vestido pituquito: sex appeal marciano, estridencia de bar de mala muerte. Atrás quedó la casaca del Arsenal inglés, pero no el chiste otaku y tuitero. Dillom no es el “Loser” de Beck, pero tampoco es un ganador total. No hay estampa de Isidoro Cañones ni de bacán noventero. Y lo más importante: no es un wannabe.
Por acá, hay tatuajes, hay sangre, hay tinta. Y hay un simpático video de “Cocodrilo”, su primer single. La Nueva Violencia , su último disco, abre otros cajones, lejos de cualquier cliché esperable para alguien que hizo “OPA”: Simian Mobile Disco, Demonios de Tasmania, Pánico Ramírez, El Cuarteto de Nos, canciones que parecen outtakes de los primitivos Babasónicos, esos que se (auto)editaban con Bultaco Discos.
Y de aquel viejo Dillom (el de la “Bzrp Music Sessions, Vol. 9” y de la ¿extinta? TBB) no queda nada: como los reptiles, cambió de piel. El mundo le sigue doliendo y, ahora, dejó de chillarle a la grasada como en Por Cesárea para pelearse —directamente y sin guerra proxy— con el mundo entero. En este preciso instante de la historia, el ex jovencísimo Dillom se embolsa como un antihéroe, como un Elvis Presley lo-fi y nac & pop (“Los días más felices fueron, son y serán”, machaca repetidamente en “Palermo Hollywood”), un chiche que abraza con simpatía en ese interludio que suena por ahí.
La Nueva Violencia , su tercer álbum, es un disco grácil, con invitados con pedigrí (Adrián Dárgelos, Miranda!, St. Vincent) y con cada vez más códigos pop. Una untada de manteca que tiene más que ver con lo pop-pular que con el sonido chicloso. Dillom dejó la estampa incorrecta (dice menos groserías, hey), ya no se acurruca en el horrorcore y, sí, se erigió solito como una antena de referencias de atrás y de adelante. Hay punkcitos rapiditos. Hay olor a Jake Bugg. Hay hipervínculos a Damon Albarn, otro antihéroe epocal, aquel que pintó un lienzo global con “The Universal” y se fue a otra galaxia con Gorillaz.
Dillom saltó con garrocha de los feat. con L-Gante a la escucha atenta de todas las playlists de Leo Rodríguez en Aspen. “Soy un simple boludo”, le dijo a la versión doméstica de la revista Billboard , en una entrevista que dio hace apenas unos días. No lo es, pero, a pesar de los likes, de la banca de la prensa especializada, de la horda de fanáticos, del aval de los grandes (Andrés Calamaro ya lo respaldó alguna vez en una afrenta contra el actual ministro de Economía y, literalmente, dijo: “Es el mejor artista actual y el mejor como persona”), sigue portando aquella humildad de los grandes. Una carta que lo ensancha.
Es que aquello no se trafica creyéndosela (en la misma nota, dice en broma, se agrandó cuando le pidieron su primera foto), sino en cómo se para frente al mundo: con sensibilidad, cercano a sus amigos, más en línea con la noche de Mamita Bar que con el fashionismo palermitano que denuncia. A cá hay menos pose y hay más neón. Muchísima más mariconería y muchísimo más pop.
5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.rionegro.com.ar — el contenido pertenece a Diario Río Negro.