«Todos los días me levanto y digo gracias»: Martina se fue a vivir a una casona rural del siglo XVIII en un paraíso de Italia
Hay inmuebles que se compran y otros que, de algún modo, parecen haber estado esperando durante siglos a la persona indicada. Eso fue exactamente lo que experimentó Martina cuando, a sus 26 años y en medio de un profundo proceso de reconstrucción personal, cruzó el umbral de un antiguo caserío rural situado a 600 metros de altura en los Apeninos de la Romaña, en el centro-norte de Italia.
La propiedad, una casona de piedra con aires ancestrales levantada en el siglo XVIII, s e encontraba a punto de ser enviada a subasta judicial a un precio rebajado . El día de su llegada, el paisaje no regalaba postales soleadas; al contrario, el cielo se mostraba nublado.
Sin embargo, la atmósfera del lugar tuvo gran impacto en ella. “Cuando llegué aquí, en realidad era un día gris. Pero en cuanto entré, sentí una conexión . Cuando sentís algo, simplemente lo sentís”, relató la joven italiana al canal The Pillow en Youtube.
Lejos de los acabados perfectos de la ciudad, la estructura de la vivienda guarda las huellas de múltiples vidas y tiempos pasados. Para Martina, habitar este espacio significa entablar un vínculo con la historia material del edificio y con sus propios afectos.
Al recorrer las instalaciones, donde conviven sectores ya restaurados con otros que todavía se encuentran en plena obra , así define el alma del lugar: “Al entrar se nota cómo diferentes identidades conviven aquí. E stá mi esencia, la esencia de mi casa, la esencia de mi abuela ”, dice Martina.
Ese vínculo con su abuela —quien cuidó de ella en sus últimos días y le transmitió el amor por la naturaleza— impregna cada rincón .
La decoración y los detalles se nutren de objetos rescatados con paciencia en mercados de segunda mano (como mesitas y elementos de época) , integrándolos de forma orgánica en la estructura rústica de piedra y madera.
Además, ella misma se ha encargado de confeccionar muebles artesanales, como estructuras de roble, para devolverle la funcionalidad al espacio.
La mudanza implicó un gran desafío para una joven que hasta entonces había llevado una vida urbana en Rávena y que jamás se había enfrentado a las duras exigencias del mantenimiento rural.
“Nunca había agarrado un hacha en mi vida ”, confiesa ¿ sobre sus inicios en el caserío. Sin conocimientos previos de albañilería, carpintería o jardinería, Martina debió aprender de manera completamente autodidacta.
A base de prueba, error y mucho esfuerzo, empezó a dominar el arte de restaurar paredes de piedra antigua, mantener los espacios verdes y cuidar el monte circundante.
Sostener una propiedad de este porte a los 26 años también implicó una jugada financiera y emocional compleja: asumir una hipoteca de largo aliento. “ Tuve que detenerme y desactivar esa ansiedad de decir: ‘Estoy empezando una hipoteca con 26 años.
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