El país inventado que un militar escocés vendió, el monarca constitucional de la Patagonia y otros reinos americanos que no prosperaron
América no nació solo de la pólvora de las guerras de independencia ni de la tinta seca de las constituciones republicanas.
América nació, en sus cimientos más profundos, de una mezcla peligrosa de delirio, ambición desmedida y una imaginación geográfica que los europeos, todavía anclados en el mapa del Viejo Mundo, no alcanzaban a comprender.
Fue, durante gran parte del siglo XIX, un inmenso y caótico tablero de ajedrez donde las fantasías más febriles de aventureros, soñadores y estafadores chocaron de frente contra los intereses geopolíticos de potencias que intentaban, con desesperación, imponer orden sobre un territorio en ebullición .
Cuando el dominio colonial español comenzó a desmoronarse, dejando un vacío de poder que parecía no tener fondo, el escenario se prestó tanto a lo sublime como a lo grotesco.
En ese tablero, la soberanía pendió, muchas veces, de un hilo, y la línea que separaba a un Estado legítimo de una ficción sangrienta era tan delgada como el papel donde se firmaban sus decretos.
Para entender la fragilidad de las fronteras americanas y la naturaleza de estos estados efímeros, es imperativo comenzar por el fraude, la cara más oscura del idealismo.
En los años 1820, mientras las nuevas repúblicas buscaban desesperadamente reconocimiento internacional y crédito para financiar sus apariciones en el escenario mundial, un escocés llamado Gregor MacGregor vio en la absoluta ignorancia europea sobre la geografía americana una mina de oro inagotable.
MacGregor, un veterano de las guerras de independencia que se movía con la elegancia de un aristócrata y la amoralidad de un pirata de altura, inventó el “ Reino de Poyais ” .
Según sus folletos, profusamente ilustrados y distribuidos con maestría en los clubes de Londres, Poyais era un paraíso fértil en la costa de lo que hoy es Honduras, rebosante de oro, tierras cultivables y un clima de eterna primavera .
La estafa fue monumental en su ejecución y trágica en su desenlace.
MacGregor convenció a inversores de alto nivel, emitió bonos soberanos de un país que no existía y, lo más macabro de todo, convenció a cientos de colonos escoceses —familias trabajadoras que buscaban un futuro mejor— de vender todas sus pertenencias para viajar a este Edén tropical.
Cuando los barcos llegaron, no encontraron puertos, ni ciudades, ni gobierno, ni la prosperidad prometida .
Encontraron una selva impenetrable, pantanos mortales y el silencio absoluto de una naturaleza indiferente.
La fantasía de MacGregor, convertida en realidad para los colonos, fue una sentencia de muerte por malaria, disentería y desnutrición .
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