Tulipanes: el lujo vivo y efímero que atrae turistas y dinamiza la economía
Como muchos sábados, caminé hasta el florista de la estación .
Hay dos vendedores enfrentados; en realidad, uno de cada lado de la calle.
Hacia el río, un negocio con las flores dispuestas en altos baldes en la vereda y en el interior.
Del otro lado, junto a las vías del tren y en lo que podría haber sido una de las tantas casitas del ferrocarril que aún sobreviven cercanas a las estaciones del tren Mitre, está mi florista.
Comparte también parte del terreno con un improvisado vivero que suele tener lo que necesita el jardinero amateur: cierta variedad de flores, tierra fértil, abonos, plantas de interior colgadas del techo y una limitada oferta de macetas .
Todo como para salir de un apuro sin problemas, aunque no lo suficiente como para montar un jardín completo ni conseguir las codiciadas herbáceas , tan de moda en los jardines de hoy.
Qué dicen los expertos.
Por qué ciertos espacios calman y otros irritan Mi florista amigo tiene dispuestos sus ramos ya armados y cuando estoy con poco tiempo suelo elegir de ahí, generalmente por colores y cuidando de no llevar flores peligrosas para mis gatos.
Él me sigue de cerca y me va recitando los precios, que varían de acuerdo con la circunferencia del ramo o la presencia de ciertas flores como lirios o marimonias, que se venden por vara y ya dos o tres llegan al número de un ramo completo.
Como cada vez que voy, separa algunas flores que ya no están para la venta, las envuelve en un ramo pequeño y me las regala .
Esta vez fueron cuatro tulipanes blancos aún sin abrir que puse en dos pequeños floreros individuales y fueron un gran centro de mesa para la comida de esa noche.
Con más tiempo los hubiese combinado con otras flores, como lo hacen tan hábilmente los holandeses en sus arreglos, aunque dada su historia centenaria bien merecen lucirse solos.
Los tulipanes arribaron a los Países Bajos a finales del siglo XVI, cuando el país vivía su siglo de oro gracias al comercio marítimo.
Habían llegado desde las cortes otomanas y nadie sospechaba que aquella flor de las estepas de Asia Central, con sus pétalos de seda y su geometría perfecta, iba a desatar la primera gran fiebre moderna del deseo.
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