Aunque el sol no salga todos los días
En menos de una semana se han quitado la vida dos niños que no llegaban a los quince años en Sevilla.
La cifra aumenta hasta el escalofrío si contamos también a los adultos.
Algo está pasando, y mirar hacia otro lado y cubrir con el sucio manto del tabú la situación me temo que es parte del problema.
Porque que no se hable de lo delicado, que no se toque lo espinoso, que se silencie lo amargo, hace crecer la bola de oscuridad que está atropellando a tantas mentes.Dos personas que estaban empezando a vivir, que se asomaban poco a poco al mundo, a sus bonitos paisajes y a sus apretadas ciénagas, han decidido marcharse, llegando a la precipitada conclusión de que todo lo que amanecía frente a ellos no valía la pena.
No hay quien no se lo haya preguntado: qué lleva a un crío a buscar un final cuando está todavía en el principio.
Qué frustración de los infiernos carga en el macuto en el que deberían ir los sueños más tiernos junto a los estuches, los cuadernos y el bocata.
Qué está pasando, cómo estamos asfaltando de mal el presente para que a cada vez más gente le pesen tanto los zapatos.
Tanteamos los motivos con miedo, sin querer escarbar hasta el fondo de la cuestión.
La vuelta a la rutina, la dichosa soga del teléfono, el venenoso circo de las apariencias de unas redes sociales que ensucian la realidad con decorados de embuste, idealizando trastornos, comerciando con expectativas, moldeando traumas, apartándonos de la verdad del tacto, de la honestidad del aire, de los ojos que nos sostienen.
Porque una pantalla es un espejo hueco, y una mirada es un refugio.
Y también, por qué no, es momento de abrir de una vez el melón del daño que ha hecho el convertir el cuidado de la salud mental en una modita, en un slogan malasañero, en un cajón de sastre en el que cabe de igual manera el que está pasando las fatigas de la muerte y el que quiere alimentar su bastardo ego.
A lomos de este fenómeno, que nació con buena intención, pero que se vio desvirtuado por la estupidez contemporánea, nos han vendido la farsa de que hay que estar a todas horas exultante, de que la culpa siempre es de los demás, de que no hay límites y todas esas bobadas.
Con frases de patinillo nos han convertido en animalillos adictos a los ansiolíticos, corderillos que se asustan al llamar a las cosas por su nombre, incapaces de comprender que para que la vida sea plena debe de doler, que las cicatrices hacen bonitos los cuerpos, que sobreponerse a las adversidades es parte del viaje.
Que pelearse también significa quererse, que para reír hay que llorar, que para andar hay que tropezarse y luego ponerse en pie.
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