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Julio Camba, antes de ser el solitario del Palace

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Julio Camba, antes de ser el solitario del Palace

Julio Camba (Villanueva de Arosa, 1884; Madrid, 1962) escribió tanto sobre casi todo que no es difícil encontrarle contradicciones.

Viajero empedernido, a quien tantas décadas después seguimos leyendo como el más clásico de los corresponsales españoles, dijo que viajar era «el más triste de todos los placeres».

Era un coleccionista de países «atacado de esta enfermedad de los viajes».

También había dicho lo contrario: que para él viajar era un estado «casi natural» y que sus pertenencias se le habían vuelto prácticamente prescindibles: «Bastan dos maletas (en una, la ropa, las necesidades materiales; en la otra, los manuscritos, las reservas para el trabajo del espíritu) para estar en casa en cualquier parte».

Corresponsal en Turquía, Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, no es de extrañar que solo tuviera un hogar estable en su vida.

No fue la casa familiar de Villanueva de Arosa –hoy reconvertida en museo y rara vez abierta –; tampoco lo fue el Palace , donde pasó sus últimos años.

De Galicia se marchó con 16 años escondido como polizón en un transatlántico rumbo a Buenos Aires.

En el hotel madrileño terminó recluido cuando, convertido ya en un viejo gruñón y sin casa propia, porque nunca ahorró para comprarse un piso, tuvo que aceptar la generosidad de sus amigos.

Hubo, sin embargo, un tiempo en que Camba vivió en algo parecido a un hogar.

Fue en los años veinte, después de dos décadas de viajes, cuando se estableció en lo que su biógrafo Francisco Fuster califica como la «primera y única vivienda estable» de su vida: un piso alto y soleado en Menéndez Pelayo, detrás del Retiro.

Decoró el comedor con libros, botellas de vino y licor, e incluso montó un despacho, con lo poco que le gustaba. «Así como no puedo leer en una biblioteca donde me entran ganas de fumar, ni puedo fumar en un 'smoking-room', donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio.

Mi trabajo, una vez organizado, perdería toda su espontaneidad. ¡Qué quiere usted! Yo soy un escritor fácil».Fuster cuenta en 'Julio Camba.

Una lección de periodismo' que el despacho albergaba cuadros de Julio Romero de Torres, un dibujo dedicado por Ignacio Zuloaga, una escultura de Juan Cristóbal y más de un centenar de pipas que había ido coleccionando en sus viajes.

Camba tuvo una sola casa a la que llamar hogar y un único compañero de piso: un perro que cuidaba su amigo, el escultor Sebastián Miranda, cuando él salía de España.

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5News agregó este resumen a partir del feed público del medio. La nota completa, con todo el contexto, está en www.abc.es — el contenido pertenece a ABC.

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