Luis Mario, absurdamente insufrible: «Prestar atención a lo inútil también es activismo»
A Luis Mario (Cantabria, 1992) no le gusta hacerse fotos ni que las cosas que no tengan que ver con la literatura le duren demasiado en la cabeza.
La primera vez que se interrumpe no ha pasado ni un minuto de conversación.
Está explicando por qué decidió que una gota de agua (una gota idéntica a todas las demás gotas) merecía ser el centro de un cuento, y a mitad de la frase se detiene en seco. «Perdona, me está costando concentrarme».
Arranca de nuevo, avanza tres o cuatro ideas, y vuelve a frenar: «Perdón que me voy por las ramas».La realidad, claro, es que no se va por las ramas.
A lo largo de casi una hora, Luis Mario pedirá disculpas media docena de veces por divagar, por enrollarse, por repetirse, y en todas esas ocasiones estará haciendo lo mismo que hace en 'Libro azul con mosca' (Reservoir Books), su libro de relatos: partir de algo mínimo y tirar del hilo hasta que empieza a sostener cosas que no debería poder sostener, pero lo hace. «Al desestabilizar mínimamente la lógica imperante y establecer una nueva, te das cuenta de que eso es una fisura hacia lo poético.
Un hueco por el que asomarte y ver un montón de cosas más».
Por ese hueco, dice, asoman de pronto ideas mucho más ambiciosas: la pesadumbre de las rutinas, el peso existencial de repetir cada día lo mismo y –matiza, porque siempre matiza– el peso existencial de no tener nada que repetir.Póngame solo la segundaTodo esto empieza varias décadas atrás, en una pescadería de barrio.
Había una oferta pegada al mostrador: segunda unidad de mejillones a mitad de precio.
Su abuela leyó el cartel, se acercó al dependiente y pidió, con toda naturalidad, lo único que la oferta no contemplaba.—Pues póngame solo la segunda.Luis Mario se reía siempre, hasta doblarse.
Su abuela era una contadora compulsiva de chistes: él se los pedía, se los aprendía, llegó a inventarse algunos –«que Dios sabe qué malos serían»–.
Fue importantísima, aclara, y sigue siéndolo.
Lo que no sabía entonces es que no se reía de un chiste; se reía de una grieta. «Es ilógico en el mundo, en la realidad lógica que tenemos concebida.
Pero si analizas la frase en sí, en el plano del lenguaje no hay nada ilógico.
Estás abriendo una lógica nueva, perfectamente accesible.
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