El año en que perdimos el verano
Al llegar al apartamento de alquiler, un olor encapsulado flotaba en sus estancias traicionando la memoria olfativa de anteriores veranos.
Las paredes no estaban impregnadas de aquel olor a pino seco ni las corrientes cremosas cruzaban el salón transportando notas de higo.
No era un calcetín abandonado ni un trapo sucio sino el aire acondicionado que llevaba días y noches rugiendo afanoso para que las alegres personitas que iban llegando con sus sombreros de paja y toda la ilusión bien doblada en la maleta pudieran respirar.
Aquel frescor artificial nada tenía que ver con aromas mediterráneos, más bien se parecía a los de una precaria oficina con un aparato de aire ochentero y las persianas echadas, sin línea del horizonte.
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