Tragedia en el techo helado del planeta
A primera hora de la tarde del 10 de mayo de 1996, Jon Krakauer había conseguido al fin coronar el monte Everest (8.848 metros).
Con un pie en Nepal y el otro en China, contempló las vistas con cierta ausencia letárgica, al límite ya de su resistencia física y mental; la merma de oxígeno embota las neuronas.
El reportero y escalador norteamericano llevaba 57 horas sin pegar ojo y sufría “arcadas estremecedoras”, una de las facturas que se pagan para aclimatarse a la altitud: “Lo único que había podido tragar durante los tres últimos días era un bol de sopa de fideos japoneses y un puñado de cacahuetes M&M’s”, escribió en Into thin air ( Mal de altura / La febre del cim ), un libro superventas que contribuiría a convertir la tragedia en ciernes en uno de los episodios más célebres, si no el más mortífero, de la historia del alpinismo: en las siguientes 24 horas sucumbirían ocho montañeros.
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