La nevera del regreso
Las vacaciones terminan delante de una nevera vacía.
Creo que no hay ningún gesto que atine mejor el fin de la época estival.
Uno consigue llegar a Madrid después de una odisea de viaje.
Sube las maletas y un sinfín de bolsas con cosas que parecían importantes y que, en realidad, ya molestan.
Abre las ventanas de su casa, ventila, y cuando se acerca a la nevera se encuentra con medio limón convertido en una pieza de museo, una botella de agua y un bote de mostaza que ha sobrevivido a una crisis nuclear.
Es justo ahí, queridos amigos, cuando las vacaciones han terminado de verdad.
Toca bajar al supermercado y ahí es donde empieza Madrid.
Porque volvemos de lugares donde hemos vivido como si el desayuno apareciera por inercia espontánea.
Hemos pedido otra ronda sin consultar la aplicación del banco, comido pescados cuyo precio se anunciaba «según mercado» y aceptado de manera natural que un tomate aliñado costara diecisiete euros porque era de temporada y se disipaba al fondo del plato el mar.
Ahora toca comparar con lupa el precio de dos botes de detergentes bajo una luz blanca y un tipo al lado que resigna a vestirse de manera normal porque para él un treinta de agosto es lo mismo que un dos de julio.
El verano termina cuando abrimos la nevera.
No cuando cruzamos Despeñaperros ni cuando aterriza el avión.
Ni siquiera después de comprobar que todavía podemos aparcar el coche debajo de casa.
Hay una pequeña resistencia que nos propone dilatar este golpe de realidad que consiste en dejar las maletas cerradas y sin deshacer.
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