Hace 15 años monté mi propia nube en el escritorio: ya no puedo vivir sin ella
Tengo un NAS de la marca Synology de cinco bahías debajo del escritorio desde hace quince años .
No exagero: quince.
Ha sobrevivido a un par de mudanzas, a tres routers, a dos apagones que se llevaron por delante un televisor, y sigue encendido.
Le he cambiado un disco en una ocasión, he aumentado la RAM , y sigue haciendo exactamente lo que hacía el primer día.
Y lo que hacía el primer día era guardar fotos.
Hoy hace eso y otras diez cosas más: es, sencillamente, la nube de la casa, el sitio donde va a parar la copia de seguridad de tres ordenadores , el servidor donde tengo la biblioteca de películas , el que filtra la publicidad de toda la red y el que me deja entrar en mi casa desde un hotel.
Ninguna de esas funciones estaba prevista cuando lo compré.
Han ido llegando solas, en forma de actualizaciones y de contenedores , sin que yo pagase un euro más.
Cuento todo esto porque es quizás el dato más importante de este artículo.
Cuando alguien te dice que un NAS (Network Attached Storage, por sus siglas en inglés) es caro, le está mirando el precio de la caja.
Y la caja, efectivamente, cuesta dinero.
Lo que nadie mira es el otro lado de la cuenta: lo que llevas años pagando porque unos archivos que ya son tuyos ocupen sitio en el disco de otro , sea Apple, Google o cualquier otra tecnológica.
Ese otro lado es el que quiero desarrollar aquí, porque he estado probando tres equipos NAS muy distintos entre sí: el Synology DS425+ , el ASUSTOR Lockerstor 4 Gen2+ y el ZimaCube 2 Pro .
Tres formas de entender lo mismo.
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