De Cicerón a Marina d’Or, auge y caída de la cultura de la segunda residencia
Antes de que existieran los apartamentos en la playa, las casas rurales o los grandes resorts de piscinas y bufés 24 horas, los romanos ya huían de la ciudad y el calor de la capital para veranear en el golfo de Nápoles.
Pompeya , Herculano y Bayas eran los Hamptons de la antigua Roma: villas a las que la élite se retiraba a leer, bañarse y recibir invitados entre grandes banquetes.
Cicerón, que tenía varias propiedades en la zona, llamaba a aquella bahía cratera illum delicatum , “la vasija de todos los deleites”.
Augusto compró la isla de Capri para descansar, y Tiberio llegó a gobernar el imperio desde allí durante algunos años.
El descubrimiento de Pompeya en 1748 permitió entender por primera vez cómo vivían los patricios cuando salían de Roma.
Las villae pompeyanas eran casas de espíritu rural, con patios centrales y huertos; el ejemplo perfecto de que la cultura de la segunda residencia no es un invento moderno.
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